Volver a la comunidad. (III Domingo de Pascua, ciclo A)

VOLVER A LA COMUNIDAD
III Domingo de Pascua. Ciclo A.

“Lo reconocieron al partir el pan”
Lucas 24-13-35

Estamos viviendo los efectos y remanentes de la crisis sanitaria/social que inició a dieciséis mil kilómetros de distancia. No ha sido fácil; no estábamos preparados para ello; nunca imaginamos que viviéramos la primavera de esta manera. Nuestros planes eran otros… Ahora estamos en casa, con la gente ‘original’, con tiempo de sobra; pensamientos y deseos van y vienen… En el mejor de los casos, reflexionamos, valoramos, rezamos, deseamos, proyectamos… Estamos volviendo a lo básico, a dónde y con quién inició todo…

No estamos acostumbrados a hacer y gestar planes a largo plazo… Vivimos al día… Me he acordado de los discípulos de Emaús que esperaban mejores tiempos sin creer, ni esperar y, mucho menos, trabajar para hacerlo realidad («nosotros esperábamos que…»). Ellos, en ese momento no eran capaces de ‘mirar lejos’, más allá de su tristeza, de lo inmediato («¿no sabes lo que ha pasado ayer en Jerusalén?»). Cuando reconocen y se encuentran con el Señor Resucitado, cambian su mirada y su visión de la vida. Para lograrlo tienen que volver a escuchar al Maestro, atender su testimonio, creer/aceptar que el Crucificado es el Resucitado. Sentarse a la mesa eucarística con Él será la clave….

Los cristianos resucitados estamos llamados y urgidos a ser servidores y constructores de esperanza; a mirar tan lejos como la fe en el Señor alcance para transformar y trascender. La esperanza no defrauda, pero necesita de decisiones, gestiones y acciones concretas. Los discípulos de Emaús tuvieron que volver a la comunidad para seguir viviendo y alimentando su esperanza. Nosotros hemos tenido que regresar a la comunidad originaria: la familia.

Los gestos de escuchar la Palabra y celebrar la Eucaristía siguen siendo actualizados cada vez que la Iglesia se reúne en comunidad para celebrar los santos misterios. Es entonces cuando a los discípulos de este tiempo «se les abren los ojos» y descubren a Jesús como alguien que alimenta sus vidas, los sostiene en el cansancio y fortalece por el camino. 

Hemos de aprender una de tantas lecciones de Emaús en tiempos de virus: volver a la familia, a casa. Hay gente que ha abandonado a su familia de sangre y a la familia de fe, como aquellos discípulos de la primera hora. La solución no está en abandonar a la familia, a la Iglesia, ni al Señor Resucitado sino en rehacer los vínculos con ella y con Él. Insistimos en volver a casa, a quedarse en casa, a ser parte –otra vez– de la única comunidad que nos garantiza la seriedad del amor. Ahí compartimos, alimentamos y proyectamos nuestra esperanza en Jesús. 

Son muchos los desafíos que vienen ‘después de que pase todo esto’. Nuestra seguridad está en la familia y en la fe que hemos recibido en ella. Aceptar las presencias del Resucitado y de nuestra familia es el inicio de una vida nueva. ¿Seremos mejores personas después de todo esto?

Dejémonos transformar por el Señor de Emaús y de todos. “Quédate con nosotros, Señor”, le pedimos desde nuestros hogares. 

Con mi bendición pascual.

+ Sigifredo  
Obispo de/en Zacatecas