José de Nazaret. (IV Domingo de Adviento, ciclo A)

JOSÉ DE NAZARET
IV Domingo de Adviento. Ciclo A.

“Jesús nació de María, desposada con José, hijo de David”
Mateo 1,18-24

Celebramos el último domingo del tiempo litúrgico de Adviento. El día de Navidad está cerca. Los preparativos internos y externos están a la vista. Los primeros son conocidos por quienes se han dado por aludidos; los segundos adornan y hacen ruido en casas, avenidas, calles y más. Quisiera pensar que estás viviendo con expectación y alegría la novena de Navidad; que no entra en tus planes comprar fiestas decembrinas. 

Mateo presenta hoy a José en las entrañas del misterio del nacimiento. Su participación es muy difícil de comprender y aceptar. Todo parece suceder a sus espaldas, se ‘cocina’ al margen de él. No se entera de lo que está pasando hasta que pasa. Está metido en un proyecto del que todavía no sabe nada; no se le ha consultado nada. Al menos a María, su prometida, se le pide un sí. A José ni siquiera se le informa. Se empieza a enterar cuando todo es una realidad avanzada. Dios involucra a José en un proyecto que le va a pedir una fe del tamaño de la de Abraham. 

José abre los ojos de la fe al acontecimiento y asiente, calla, no hace preguntas, hace silencio y carga con su nueva realidad. Acepta colaborar en un proyecto que no es suyo. No se explica cómo ha podido pasar; acepta que pasa. El único proyecto que José tiene que dejar es el que había ideado en su interior: “abandonar a María en secreto”. ¡Esto es fe! ¡Esto es ser un verdadero y auténtico creyente! Lo único que al final tenemos que romper es lo que nosotros habíamos programado. El proyecto de Dios es primero. No hay duda para el que cree.

José se deja meter en otra historia y colabora con ella aunque él no la ha diseñado. El único que idea y hace planes de salvación es Dios. Sin grandes disquisiciones, José entra en esta lógica porque es un hombre bueno y justo. Por eso es capaz de ver que en la trama sencilla de la vida, sin ir más lejos, está la trama del Dios Salvador, de Dios con nosotros.

¡Qué sencillo es todo para quien cree! No hace falta más. La Navidad se hace, se vive, no se compra. Basta contemplar a José, a María, al Niño Jesús, el Emmanuel.

Ser creyente –en tiempo de autonomías, derechos, seguros, garantías– es dejarse llevar solamente por Dios. Ser creyente es romper proyectos personales y acoger los de Dios. Están en la trama de las historias de cada día. De uno depende abrir los ojos del corazón y aceptar el misterio de amor que encierran.

Encendamos la cuarta vela de la corona de Adviento. Aprendamos de José a confiar siempre en la voluntad de Dios y a ponerla en práctica. ¿Seremos “buenos y justos”, como él? Ojalá lo aceptemos y vivamos aunque no tengamos todo claro. Nuestro mundo sería más habitable y disfrutaríamos –muchísimo más– cantando noche de paz, noche de amor.

Con mi bendición prenavideña.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas