Un cielo nuevo y una tierra nueva. (II Domingo de Adviento, ciclo B)

UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA
Segundo Domingo de Adviento. Ciclo B.

El cambio climático es una realidad tangible. Los efectos negativos son evidentes. La degradación, el desgaste y la frecuente perversión de la creación (la naturaleza) son realidades con las que tenemos que lidiar en nuestro tiempo. Los pronósticos no son favorables. Nos urge ir a las causas y poner los remedios pertinentes con inteligencia, decisión y oportunidad. Qué bueno que en los últimos años ha renacido la preocupación por el medio ambiente y el cuidado de la casa común. El cambio de actitud ante los bienes comunes es indispensable.

“Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia” escuchamos el segundo domingo de Adviento. El texto se refiere al fin del mundo, al horizonte total/final de la vida del cristiano y la forma de alcanzarlo: la práctica permanente de la justicia. Con un lenguaje apocalíptico (de vez en cuando lo usamos también nosotros) el autor sagrado llama a la responsabilidad ética y religiosa ante la espera del “día del Señor”. Ante esta realidad ineludible no se valen especulaciones, escepticismos, cálculos egoístas, descuidos, omisiones… la fatal indiferencia. Sólo aplica la espera activa.

“… En que habite la justicia”, dice la carta de san Pedro. Se refiere a la justicia humana y a la justicia de Dios, responsabilidad, gracia y promesa. La creación del “cielo nuevo y la tierra nueva” corresponde a Dios, el Justo por excelencia. Lo hace/hará en el momento oportuno de la historia de salvación. Dios es fiel y cumplirá su promesa. A nosotros toca la espera comprometida que tiene como estilo de vida la justicia en espera del adviento definitivo.

Hoy aparece Juan, el Bautista, en el escenario. Lo hace en el desierto, el de su tierra y el de los hombres. La invitación a entrar en el corazón y la dinámica de la espera del Señor es clara, concreta, contundente: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos… y todos los hombres verán la salvación de Dios. Es decir, el cielo nuevo y la tierra nueva donde habite la justicia, estemos en paz con Dios, reconciliados con la creación, abrazados en el amor con todos los habitantes de la casa común.

Activar la conversión es tarea permanente para quien quiera asumir la responsabilidad de la creación y sus habitantes. Convertirse es dejar que Dios entre hasta el fondo de nuestro hábitat humano, transforme el corazón, enderece lo torcido, nos llene de pasión en el trabajo por su Reino, encienda una esperanza a prueba de tantas negatividades y nos dote de un corazón grande donde habite la justicia y se habiliten los brazos para salir al encuentro de los hermanos más necesitados.

Que al encender la segunda vela de la corona entremos en la gracia y la dinámica de la conversión. No hay de otra si anhelamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia y los justos sean quienes hagan la diferencia en el cuidado de la casa común.

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos al Salvador.

Oro por ustedes y los bendigo.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas