Sembrar en tiempo de pandemias. (XV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A)

SEMBRAR EN TIEMPO DE PANDEMIAS
XV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A.

“Una vez salió un sembrador a sembrar”
Mateo 13, 1-23

Puede salir algo bueno, podemos recoger frutos maduros de este tiempo desconcertante que vivimos. Es una afirmación basada en la confianza que nos da la fe en Dios y en la capacidad del ser humano. ¿Qué frutos? ¿Cuánta cosecha? Depende de qué sembremos, cómo lo cultivemos, con quién lo compartamos.

Suele suceder que cuando nos llegan tempestades repentinas, de momento pensamos que nuestros proyectos se vienen abajo, e incluso, que podemos perder a seres queridos y la propia vida. En todo tipo de crisis se prueba de qué estamos hechos, a quién servimos, para qué vivimos… Nuestra fe en Dios juega un papel crucial. Reconocemos que alguien sembró en nosotros varias y variadas semillas de esperanza y caridad.

Me impresiona en la parábola de este domingo la firme determinación del sembrador: “salió a sembrar”. Amor a prueba de todo, confianza total en el ser humano, conocimiento del clima, la semilla, la tierra… Bastaría imaginar el rostro sudado y confiado del sembrador para esperar buena cosecha. Es más, en el hecho mismo de salir a sembrar está ya presente un futuro de abundancia y saciedad. La misma semilla lleva dentro de sí la potencialidad de la esperanza que un día se cumplirá.

Nuestra firme convicción es que Dios sale a sembrar también en tiempo de pandemias, crisis sanitaria y otras más. No tira la semilla y se retira; trabaja siempre, no descansa. Dios siembra la simiente del Reino en el campo del mundo y en la parcela de nuestras historias; confía en que todo ser humano posee la capacidad de dar frutos. La hora de Dios abarca todas nuestras horas y tipos de tierra, con todo y pedregales, abrojos, corazones duros.

La parábola da a entender que no todo depende del sembrador, ni de la semilla. Hay otros factores que pueden hacer fracasar la esperanza de la cosecha. No todo el tiempo somos buenos surcos; o no seguimos el proceso adecuado. Acoger la semilla del Reino y hacerla fructificar exige la humildad de la fe, disponibilidad generosa, trabajo perseverante, esfuerzo compartido, esperas confiadas… A unos la semilla les cuestiona, a otros les moviliza para entender, a otros les deja indiferentes. La semilla que a unos les provoca para la acción a otros les aburre. Es la cruda y emocionante realidad de la libertad que acoge, rechaza, o ‘le vale’… 

El hecho de que Dios salga todos los días a esparcir la semilla significa que no se han acabado las oportunidades. El drama y la tragedia que vivimos también puede ser tierra buena para la siembra de la fe, la esperanza y la caridad. La semilla que Dios ha sembrado en nosotros puede hacer visible la esperanza en la lucha por vivir y salir adelante; en amar responsablemente lo que esperamos; en acercar la sana distancia para abrazar a quienes se sienten solos y olvidados.

Sigamos cultivando la esperanza de disfrutar la cosecha de la paz y el gozo, frutos de la presencia del Reino de Dios en medio de nosotros. 

Con mi afecto y bendición. 

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas