Rostro resplandeciente. (Transfiguración del Señor, ciclo A)

ROSTRO RESPLANDECIENTE
Transfiguración del Señor. Ciclo A.

Pocas veces celebramos en domingo la fiesta de la Transfiguración del Señor. Nos puede hacer mucho bien si logramos profundizar en su significado y actualidad. En efecto, el acontecimiento que celebramos es una manifestación sensible de quién es Jesús y también quiénes somos nosotros; el rostro resplandeciente de Jesús y los rostros temerosos de los discípulos de ayer y hoy.

Saboreemos lo que hoy celebramos. Jesús acaba de superar momentos críticos; se pregunta si la gente más cercana entiende su mensaje, acepta su identidad, si la misión encomendada por el Padre tiene sentido ante la cerrazón de sus paisanos. Es el contexto previo de la transfiguración. La descripción sensible (vimos el rostro, escuchamos la voz) no deja dudas. Jesús sube a un monte elevado e invita a Pedro, Santiago y Juan. Se pone en la misma esfera de Dios. Ya en lo más alto del monte, en oración, su rostro se pone resplandeciente como el sol y sus vestiduras blancas como la nieve. Este nuevo rostro de Jesús refleja lo que pasa dentro de él: las incertidumbres se han ido y el Padre lo confirma en su caminar.

Los discípulos fueron ayudados también por la voz del Padre para avanzar en la identificación y aceptación de Jesús. La incertidumbre y los miedos se disipan al oír la voz contundente del Padre: “¡Es mi hijo, escúchenlo!” Es la misma voz-palabra cuando Jesús se hizo bautizar por Juan. Ya no hay duda, hay que seguir el camino, escuchar, creer, luchar, trabajar, dejarse conducir por el Hijo de Dios.

Hay que subir al monte con Jesús, –como lo hicieron Pedro, Santiago y Juan– para mirar bien el sentido/horizonte de la vida y todo lo que hay en ella. El rostro resplandeciente de Jesús puede hacer irradiar los nuestros, tan dados a la angustia y la desesperación. En estos tiempos en los que parece que nos hemos acostumbrado a ver rostros tristes por las diversas incertidumbres y desesperados por no poder alcanzar los éxitos que la sociedad de consumo publicita, la transfiguración del Señor nos puede ayudar a elevar la mirada mucho más allá de lo que estos ojos pueden ver.

Pero también es necesario bajar para no quedar deslumbrados mientras peregrinamos en este mundo. Aquellos discípulos comprendieron que sus preocupaciones eran minúsculas en comparación con lo que ‘vieron y oyeron’. Bastó que miraran el rostro resplandeciente de Jesús para que sus ojos se abrieran –como los discípulos de Emaús– y sus temores dieran paso a la confianza y al seguimiento.

Nosotros necesitamos esos momentos de gloria, sobretodo cuando nos sentimos agobiados por la carga. La oración personal y la participación alegre en la Eucaristía pueden ser esos grandes momentos que nos transfiguren. Están al alcance de todos los bautizados. Basta decir creo, amén, subir al monte, bajar a la vida de cada día y mirar con compasión los rostros de los hermanos de Jesús.

Los abrazo y les deseo el fulgor de la transfiguración.
Con mi bendición.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas