No se enfade mi Señor. (XVII Domingo del tiempo ordinario, Ciclo C)

NO SE ENFADE MI SEÑOR
Diecisieteavo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.

El trato de Abrahám con Dios debió haber sido muy familiar. ¿Cuándo y cómo se conocieron? ¿Por qué esa forma de tratar asuntos tan importantes? ¿Oración? ¿Demanda? ¿Pliego petitorio? ¿Negociación interesada? ¿Amenaza? ¿Deseo auténtico de salvación a favor del pueblo? El trato-oración-diálogo de nuestro padre Abrahám debió haber sido modelo de oración para muchos orantes israelitas. Hoy la liturgia la propone como primera lectura para disponernos a la novedad del Evangelio que trata, precisamente, de la oración del discípulo.

Dentro de la gran catequesis de Lucas en el viaje de Jesús a Jerusalén se instruye al seguidor acerca de la oración. Los discípulos conocían solamente la oración del momento, la de Juan el Bautista. ¿Cómo era que yo no les llenaba? El texto dice sólo que Juan oraba y que enseñaba a orar a los suyos. No es de extrañar la petición de los discípulos ya que la oración es un elemento básico de cualquier religiosidad.

La oración de Jesús y el ‘modelo educativo’ para los discípulos de todos los tiempos es diferente en su fin y en su forma. Cuando Jesús ora “venga tu reino” está pidiendo que toda la historia alcance su plenitud, que el largo camino iniciado en los albores de la historia (“sal de tu tierra”, le pide Dios a Abraham) culmine con prontitud y belleza. Muchos israelitas pensaban que sólo ellos tenían los ‘derechos exclusivos’ de la salvación. No ha de extrañar que en torno al deseo del Reino se estructure la oración de Jesús, su predicación y su vida toda.

El modo de orar en el ‘modelo’ de Jesús tiene tres notas que no deben faltar: la urgencia, la insistencia y la confianza. Todas tienen que ver con la venida del Reino de Dios. La urgencia manifiesta que el pan que sacie el hambre de plenitud en el mañana va a ser dado en la necesidad de hoy; si no lo hace, es un pan engañoso. De igual manera, sólo si ponemos el acento en el perdón de Dios está asegurada la posibilidad de crecer en el perdón.

La insistencia tiene como motor la confianza porque el Padre es amigo de toda existencia, generoso con ella siempre y, por lo tanto, “se levantará” raudo para socorrer la más mínima necesidad de lo humano. La oración, más que insistente, debe ser confiada. Dios es generoso con la historia; no hay que arrancarle las cosas a base de oraciones prolongadas como si fuera un Dios tacaño. Él da todo, hasta el Espíritu.

Orar, pedir, es una manera de entendernos ante Dios, una forma lúcida de sabernos en la dinámica del Reino, un modo óptimo de recordarnos cada día la inagotable generosidad de Dios. La mejor pedagogía para aplicar el “enséñanos a orar” es la que nos anima, ilusiona y compromete en la construcción del Reino de Dios. Los grandes deseos de justicia, paz, solidaridad, gozo y plenitud han de tener traducciones concretas en las obras de misericordia, la reconciliación y el perdón.

Todo esto aplica también en tiempo de vacaciones.
Los bendigo y oro por ustedes desde Granados, Sonora, México.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas

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