Mi Papá lo ha perdido todo. (XII Domingo del tiempo ordinario, Ciclo C)

MI PAPÁ LO HA PERDIDO TODO
Doceavo Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.

¡Felicidades y mil bendiciones a todos los papás! Este domingo es día del padre y no puedo dejar de releer el Evangelio de este domingo desde la bella, nunca bien ponderada y difícil experiencia de la paternidad.

La experiencia más cercana de la paternidad para un hijo es su propio padre. Dios me ha concedido vivir casi sesenta y cinco años bajo el amor, protección, cuidado y ejemplo de esta persona tan cercana y entrañable. A medida que los años pasan y se quedan me doy cuenta de lo maravilloso que es vivir y ser amado por ser hijo. Mis hermanos/as pueden decir lo mismo. La felicidad está en casa al alcance del amor paterno y del amor filial.

Hablar de paternidad es hablar de la familia, hogar y escuela de vida y para toda la vida; de trabajo, taller y forja de personalidades; de sueños, a veces conscientes, la mayor parte de las veces sentidos y no platicados. Veo a mi padre y no puedo dejar de mirar a san José de Nazaret.

Mi padre lo ha perdido todo. Repaso sus años, de uno por uno, y lo vivido en ellos y las cuentas no me dan; la aritmética debe reconocer y confesar sus tremendas limitaciones. Cada vez tiene menos vista, oído, movimiento, memoria, ilusión… Dinero ¡qué va!, siempre vivió al día y, ahora, de lo que le damos, cuando le damos. Lo ha perdido todo para ganarlo todo: la exquisitez y la abundancia del amor de los suyos, familiares y amigos, vecinos y más.

Es seguro que no va a ser canonizado. Pero su forma de vivir (quizás digas lo mismo de tu padre) puede ayudarnos a comprender que el que cree en Cristo y pretende ser su discípulo debe perderlo todo en la carrera de la existencia. Esto puede sonar mal y escandalizar a quienes le apuestan a ganar en la vida de todas, todas. Jesús nos dice hoy con plena seguridad que “el que quiera conservar para sí mismo la vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará”.

Mi padre lo ha perdido todo y lo ha ganado todo. El padre ‘de verdad’, a pesar de sus muchas limitaciones, vive la vida en clave de generosa y confiada disponibilidad, en una fidelidad sufrida y gozosa, silenciosa y cotidiana, costosa y poco lucida. Hace de la vida un don permanente, la gasta, como Cristo, en favor del prójimo. Ser padre es ser discípulo en lo próspero y lo adverso, en la salud y la enfermedad.

“Tomar la cruz de cada día” es aceptar, por amor, el peso de la paternidad vivida cada día: preocupaciones, disgustos, incidentes, incomprensiones, pequeños y grandes sacrificios, trabajo monótono, olvido de sí… El discípulo padre no pretende llamar la atención sino portar con humildad la cruz hecha de tantos gestos que, juntos, generan y tejen la vida… Y al día siguiente hay que volver a empezar.

Nadie puede ser padre sin madre. Los dos se complementan, trabajan en equipo, cargan la cruz y comparten la esperanza. Gracias, papá, por ser nuestro padre.

Los bendigo con afecto paternal.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas