Maestro, que pueda ver. (XXX Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B)

“MAESTRO, QUE PUEDA VER”
XXX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B.

El buen hombre Bartimeo nos sigue impresionando dos mil años después. Con todo y los grandes adelantos de la ciencia oftalmológica sigue habiendo nuevas, profundas y peligrosas cegueras difíciles de diagnosticar y curar. Es que cuando el nervio óptico de la fe está dañado severamente sólo el atrevimiento de un creyente, como Bartimeo, puede dar un rayo láser de esperanza: ver más allá de la propia ceguera y recuperar la visión completa de la vida.

Bartimeo es uno de los pocos nombres propios que conserva el Evangelio. Quizá sea para dejar espacio a nuestros nombres, los posibles bartimeos que todavía están (estamos) “al borde del camino”, en pleno siglo veintiuno. Jesús, ‘que pasaba y pasa por allá y por acá’, sana y salva a personas con nombre y apellido, sean o no de Jericó, cualquiera que sea su ceguera.

Todos los detalles de la narración de Marcos tienen un significado, una lección de vida para el que quiera ver: la ciudad de Jericó, el marco de la subida a Jerusalén, los gritos repetidos del ciego, el estar al borde del camino, los que le estorban, el encuentro-diálogo con Jesús, tirar el manto, seguirlo por el camino… No hay palabra, gesto y comportamiento indiferente en la narración del milagro de la luz de la fe. Es que todos los bartimeos de todos los tiempos, podemos ocupar un lugar antes, en y después del camino, al borde o por la raya central. Jesús sana y salva en cualquier circunstancia en que se encuentren los ciegos, cualquiera que sea su ceguera.

Llama la atención este detalle: Bartimeo, al borde del camino, pide limosna. Cuando se entera que Jesús pasa, no pide limosna, pide todo. Se arriesga a pedir la curación de su ceguera. No se contenta con las monedas que le mantienen en su ceguera… Puede pedir limosna a los habitantes de la ciudad. A Dios le pide todo: un milagro, salir de su ceguera. Es un acto de fe que sorprende. Es una confesión que revela una relación de calidad: lo que pueden las personas y lo que puede Dios. También revela con claridad que nadie le puede callar cuando clama y grita a Dios. La fe auténtica mueve montañas. ¿Es así nuestra fe a pesar de los ‘ruidos’ de indiferencia/incredulidad/luces artificiales que nos envuelven en el camino?

Cada quien sabe sus cegueras y qué hace con ellas. El exciego nos enseña que hay que tirar hasta al propio manto si queremos superar las diferentes cegueras. ¡Ojo! No hay remedio para quien no quiere ver… Solamente la fe –encuentro con el Señor– es y nos da la luz para mirar más allá de nuestras narices. La indiferencia, la exclusión, la discriminación, la intolerancia… son las modernas cegueras. Parecen más refinadas, sutiles y difíciles de sanar pero si hay fe como la de Bartimeo habrá un futuro luminoso.

Señor Jesús, ¡sánanos, ábrenos bien los ojos!
Señor Jesús, ¡ten compasión de nosotros!
Señor Jesús, ¡aumenta nuestra fe!

Los bendigo ‘en el camino’.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas