Luz y sal, cien años después. (V Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A)

LUZ Y SAL, CIEN AÑOS DESPUÉS
V Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A.

A nuestra generación toca celebrar los cien años de la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. A mi parecer, en el ambiente se nota poca emoción, escaso movimiento, los eventos no se han publicitado suficientemente. Como que son otras las urgencias, los intereses, las necesidades. No sé si 1917 se ve muy lejano; las ideas/causas de la revolución mexicana de 1910 que dieron origen a la Constitución se volatizaron; la memoria histórica se ha debilitado casi hasta vaciarse. En términos evangélicos pareciera que la luz se apagó y la sal perdió el sabor. ¿Será eso?

La Constitución política de un país es un documento muy importante. Presenta el horizonte del país que se anhela, la visión que enmarca el tiempo que se vive, los valores fundamentales en los que se cree y por los que se lucha. Recoge los sueños de los habitantes/actores del momento, los pensamientos labrados en las luchas sociales, el sudor y las lágrimas de las batallas de muchos de nuestros antepasados. También pone en letra normativa los intereses de los ganadores, refleja las ideologías dominantes, convierte en ley ciertos prejuicios de los ‘nuevos conquistadores’.

“Ustedes son la sal de la tierra…Ustedes son la luz del mundo…”, escucharon ayer –quizás– algunos constituyentes y volvemos a escuchar ahora nosotros, un siglo después. Aunque es imposible saber con exactitud la influencia directa del Evangelio de Jesucristo en nuestra Constitución a través de los actores de aquel tiempo, sí es permitido suponer que algún halo de luz y algunos granos de sal iluminaron y sazonaron la inspiración, el desarrollo y el texto final. No se pueden ocultar… Se miran en los valores fundantes e inspiradores que, aunque son universales, reflejan los ideales de libertad y justicia del Evangelio transmitido y vivido por los cristianos –algunos mártires– de principios del siglo pasado.

Hoy es la hora de nosotros, hacedores (constituyentes) de textos, contextos y ambiente en nuestro tiempo. La luz y la ciudad son por naturaleza visibles. La sal es invisible, pero se conoce por el sabor. El discípulo de Jesús, modelo 2017, tiene dimensiones de visibilidad y de invisibilidad. Se deja ver por lo que hace, se deja sentir, aunque no se vea, por el sabor que pone a su compromiso social. Como la sal, el cristiano sazona la vida con los valores del Evangelio. Como la luz, alumbra y brilla en la noche de tantas confusiones e indiferencias. Como ciudad se deja ver como artesano de relaciones sanas, justas y pacíficas en las batallas de cada día.

Nuestro mundo necesita de cristianos luminosos y sazonadores en la ‘constitución’ del mundo globalizado del siglo XXI. En este mundo convulsionado, de apagones y conflictos, hemos de ser luz y antorcha que vuelva a encender la esperanza y facilite el camino de una vida digna, reconciliada, justa, en paz. El antitestimonio más visible de un cristiano es la indiferencia. Su tarea es irradiar con alegría las enormes posibilidades del amor de Dios.

¡No a cristianos apagados! ¡No a cristianos desabridos! ¡No a cristianos acomplejados, escondidos debajo de la mesa! ¡Sí a cristianos lúcidos! ¡Sí a cristianos fermento de Evangelio!

Los saludo y los bendigo.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas