Las horas del hombre. (XXV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A)

LAS HORAS DEL HOMBRE
XXV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A.

Eran las 13 horas con 14 minutos, la hora del temblor. Uso intencionalmente la palabra temblor por lo que puede significar en las horas de las personas afectadas y en las del prójimo. Ningún tipo de temblor nos debería dejar indiferentes. Las horas del tiempo de la vida son afectadas de diferentes modos. Todo cambia en un instante y puede cambiar después en los efectos de las réplicas. La alarma sigue sonando mucho tiempo después del movimiento de la tierra y del movimiento de quienes se levantaron y abrieron sus brazos a la solidaridad con los dolientes.

Estos días vivimos sentimientos especiales, ideas confusas, deseos por ‘hacer algo’, consternación, coraje, miedos, incertidumbre… La maravilla de ver las imágenes de la tragedia en tiempo real ayuda y estorba. No acabamos de creer lo que vemos. Nuestra primera reacción es pedir explicaciones a las ciencias, a Dios, a la historia, a la naturaleza, a quien sea… Cuestionamos al gobierno, la forma de organizarnos, nuestro comportamiento ecológico, los modos de construir… Parece que todo tiembla en nuestro interior y en los alrededores. Nos cuesta trabajo entender y aceptar que la tierra ‘está viva’… que también tiene su hora.

En el ambiente huele a dolor y a esperanza, a desastre y a proyectos de reconstrucción, a lo peor y a lo mejor del ser humano. Miramos que de la muerte puede brotar una vida nueva; del desplome de edificios y de sus escombros puede surgir la cadena de la vida; del enorme sufrimiento de perder personas y patrimonios se despiertan corazones generosos y se abren brazos solidarios. Lo hemos visto y lo seguiremos viendo. Mirar a tantos voluntarios compartiendo las horas de su vida toca lo más profundo de nuestro ser y de nuestras posibilidades. Tenemos esperanza fundada en un México humanizado. Un futuro mejor está emergiendo desde el corazón de esta hora.

¿Dónde estaba Dios a las 13:14 horas del 19 de septiembre? Los creyentes antiguos también encontraban a Dios en los temblores de la tierra y de sus habitantes. ¿Cómo le hicieron? Abrieron los ojos del corazón y fueron aprendiendo a leer en los renglones –muchas veces incomprensibles– de la naturaleza y de la historia. El profeta Isaías (primera lectura) pone en los labios de Dios estas palabras: “Porque así como aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los de ustedes y mis pensamientos a sus pensamientos”. Dios es infinitamente bueno.

En el Evangelio de hoy aparece con claridad la hora de Dios. Jesús lo revela en la parábola de los viñadores invitados, a distintas horas, a trabajar por el Reino de Dios. Este trabajo es fe total en Dios, servicio, apertura, solidaridad con todos, comunidad y, sobre todo, confianza en Dios, el Viñador.

Vivamos con intensidad y eficiencia la solidaridad que nos acerca a las horas de todo ser humano. Hagamos trabajar nuestra fe en Dios que nos conduce a su hora, que siempre es hora de la salvación.

Con mi afecto y mi bendición.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas