La oración transfigura. (II Domingo de Cuaresma, Ciclo C)

LA ORACIÓN TRANSFIGURA

Segundo Domingo de Cuaresma. Ciclo C

“Recen por mí”, repetía el Papa Francisco al terminar cada intervención dentro del espacio de la celebración eucarística o en la calle, el hospital, el estadio, el avión. ¿Por qué esta insistencia? ¿Por la carga pesada de la cruz del pontificado en víspera de los ochenta? ¿Espiritualidad jesuítica? ¿Necesidad de imitar a Jesucristo, el Buen Pastor? Es de llamar la atención el énfasis, la constancia, la oportunidad y… la humildad de este pastor con olor a oveja. Ciertamente no es una pose para llamar la atención.

Podemos comprender mejor la insistente petición y la actitud orante del Papa al escuchar el evangelio del segundo domingo de cuaresma. La narración de Lucas que escuchamos este día comienza diciendo que “Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración”. “Mientras oraba” es cuando se transfigura, “cambia de aspecto, sus vestiduras se hacen blancas y relampagueantes”. El marco de la luz, del nuevo rostro de Jesús es la oración, el encuentro con su Padre, en un ambiente especial, en un momento crítico para su misión.

Antes de subir al monte Jesús pasa por una fuerte crisis. Se pregunta si sus discípulos y el pueblo entienden su mensaje, si su misión refleja la voluntad del Padre. Por eso pregunta a los discípulos más cercanos: “¿Quién dice la gente que soy yo?…” “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” El rostro transfigurado de Jesús refleja lo que pasa dentro de él: las incertidumbres han pasado, su vida y su obra tienen sentido, su Padre lo confirma en su misión.

Es tiempo de cuaresma. La conversión es volver a Dios, es un llamado a dejarnos amar por él, a sentirnos apapachados por su misericordia. Para ello es indispensable apartarnos a nuestro monte interior y dejarnos mirar por el Padre, compasivo y misericordioso. Por poco orantes que seamos, estoy seguro que tenemos la experiencia de cómo ‘nos transfiguran’ las confidencias con Dios. Nos cambian el humor, la cara, las ganas de luchar y vivir. La intimidad con Dios nos transforma. La gran revelación de Dios en el momento que oramos de verdad no es sólo que nos sintamos bien, ni que estemos muy a gusto, ni que sintamos mucha paz. La gran revelación de Dios es que descubramos quién es su Hijo y nosotros en relación con él y con los hermanos.

“Mientras oraba” Jesús redescubre el sentido de su vida y su misión. Su entrega total tiene sentido aunque a sus amigos los discípulos los tumbe el sueño y sean lentos. Es cuaresma, tiempo fuerte para orar. Otra oportunidad para ir al centro de nuestra persona y redescubrir que nuestra vida tiene sentido, que éste se construye día a día con gestos concretos de misericordia. La oración humilde y perseverante y el amor cultivado generan sentido. Por eso el Papa Francisco nos pide “recen todos los días por mí”.

Oremos mutuamente, ustedes por mí y yo por ustedes.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas

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