La misericordia de Dios es para hoy. (II Domingo de Pascua)

LA MISERICORDIA DE DIOS ES PARA HOY
II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

La Divina Misericordia es una realidad proclamada por la Resurrección de Jesucristo. El sentido de fe que anida en nuestro pueblo lo capta, acepta y manifiesta en la imagen preciosa del Cristo Resucitado. De su pecho brota como manantial la vida nueva del Espíritu. No es solamente inspiración de Sor Faustina o propuesta de san Juan Pablo II para toda la Iglesia. Además de la gran aportación de estos dos santos contemporáneos tenemos que dirigir nuestra mirada a la urgente necesidad de contemplar hoy a Cristo Resucitado, inmortal y glorioso, como quien abre sus brazos para derramar abundantemente misericordia ante la proliferación de tantas maldades.

Hay que hacer la meditación contemplativa también desde las realidades complejísimas que vivimos y el enorme deseo de paz que hay en corazones y naciones. Nuestro tiempo está urgido de fuentes creíbles e inagotables de esperanza, alegría y paz. Los mercados modernos ofrecen sólo pildoritas para distraer el hambre y sed de felicidad que sigue habiendo en todos los seres humanos. Al terminar la octava de Pascua, la Iglesia nos propone que abramos nuestra vida a la inagotable misericordia que el Resucitado derrama sobre quienes aceptan su presencia salvadora. No es casualidad que hoy cantemos con el salmista: LA MISERICORDIA DEL SEÑOR ES ETERNA, ALELUYA.

Los textos sagrados de este domingo describen la presencia del Resucitado en movimiento, a varias horas, derramando misericordia en cualquier contexto. La riqueza de gestos que la hacen presente no tiene límites. Resalto dos que son muy queridos por el hombre del siglo XXI: la libertad y la solidaridad. La primera porque está a la base de todo ejercicio de autonomía; la segunda porque es el pecado de omisión más grave de nuestro tiempo.

El Resucitado aparece más libre que nunca. Entra en el grupo a pesar de las paredes del miedo, cerrojos resistentes y candados de todo tipo. Saluda, sonríe, reconforta, ofrece y llena de paz, derrama la fuerza del Espíritu sobre ellos para que sean libres y ‘vuelen’ alto y lejos en la misión. Además les concede eso que tanto escandalizaba a quienes le crucificaron (y escandaliza hoy a muchos): el poder de perdonar los pecados. ¿No es esto misericordia al mil infinito y eterno?

El Resucitado echa en cara a Tomás su incapacidad de ser solidario con los discípulos reunidos. El Resucitado está presente; Tomás, ausente. Sabemos el desenlace y la lección para quienes van a creer. La solidaridad es rostro indispensable de la misericordia. De ahora en adelante la verificación de la identidad del Resucitado pasa por la comunidad reunida, por la Iglesia. Por eso y para ello, ésta se reúne cada domingo,”ocho días después”.

La fe es eclesial y la misericordia con más razón. Desde la resurrección del Señor el soplo del Espíritu pasa por el soplo de los reunidos en su nombre. Se posa en la fragilidad de un soplo y en la fragilidad de quienes son enviados. La Divina Misericordia no es una devoción más. Debe llegar a ser el estilo de vida de los resucitados.

Con la bendición pascual.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas