Grandes en la adversidad. (XIV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A)

GRANDES EN LA ADVERSIDAD
XIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A.

“Soy manso y humilde de corazón”
Mateo 11, 25-30

El sufrimiento ocasionado por el Covid-19 no cabe en estadísticas. Sólo quien lo ha vivido en carne propia, o ha desarrollado una especial sensibilidad hacia el dolor ajeno, puede ‘saber’ su medida. La mayor parte de la gente lo vive en el silencio de la fe esperanzada y el amor cultivado.

Hay personas que nos dejan con la boca abierta por la sabiduría en su vivir la adversidad con entereza. Es la gente que saca lo mejor de sí y lo pone a disposición de otros. La vida nos ha puesto en el camino a personas con una sabiduría que sólo se aprende en la escuela de la fe y el amor. Hay mucha gente de este calibre en nuestro entorno; basta abrir los ojos del corazón para mirar y esbozar una sonrisa agradecida.

Hoy hablamos poco de vecinos y vecindad. Quizás porque vivimos en la ciudad y tenemos que pagar el precio de las prisas, indiferencias, temores… Quizás nos conformamos con ver a los vecinos en modo virtual en las variadas pantallas que gente anónima ‘sube’ a la red. Quizás nos estamos perdiendo de lo mejor que nuestros vecinos han sembrado y cultivado en el silencio de sus sufrimientos.

Al escuchar el Evangelio de este domingo de verano me imagino a Jesús mirando –en medio del sufrimiento– a la gente sencilla de su entorno. Eso de “¡yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!”, suena a un grito que sale a borbotones del fondo de un corazón humilde. Nos encontramos a un Jesús que mira la grandeza de los sencillos, la sabiduría que sólo ellos pueden irradiar. No es que Jesús alabe la ignorancia, mucho menos la ingenuidad ante la adversidad y el dolor causado por egoísmos galopantes.

El grito gozoso de Jesús reconoce las maravillas de Dios en el diario vivir de la gente sencilla, la que no tiene problemas en reconocerle y aceptar la Buena Nueva del Reino. La fe en Él se convierte en sabiduría porque abre al misterio de Dios y a los misterios que encierra la vida. Escuchar y aceptar el “yo soy manso y humilde de corazón” es alivio y descanso, confianza y fortaleza en/para el camino. Donde hay amor hay sabiduría, no una carga asfixiante.

No todos pueden entender/aceptar este lenguaje y este estilo de vida. En el mundo complejo en el que vivimos parece que no hay espacio para los sencillos; son otros los valores que prevalecen. La crisis sanitaria y las crisis que le acompañan han puesto de manifiesto la fragilidad de un mundo construido sobre la arena de la soberbia de creernos los dioses de la posmodernidad. Las cargas se están volviendo insoportables… Sólo la actitud humilde de los sencillos que aceptan a Dios como centro de la vida y de la historia puede transformar el sufrimiento en sabiduría y la pequeñez en grandeza.

Los bendigo al iniciar julio… antiguo mes de vacaciones.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas