Entre el temor y la fe. (XIX Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A)

ENTRE EL TEMOR Y LA FE
XIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A.

Me encantan los textos de este domingo. Tienen un ‘algo-mucho’ especial que cautivan. La razón es que describen y escriben, con lápiz y borrador, la cruda realidad de la experiencia humana y espiritual de cada día. Ni del hombre, y mucho menos de Dios, sabemos todo. Tenemos que reconocer que somos simples aprendices, peregrinos en la existencia. Vamos de sorpresa en sorpresa en lo que acontece, día a día, al navegar sin saber qué aguas vamos a encontrar en el trayecto. Lo más importante es saber encontrar la presencia y el poder de Dios que, aunque lo confundamos con un fantasma, está en el timón.

Vivimos entre el temor (incertidumbre, decimos hoy) ante lo desconocido y la fe en un Dios a quien todavía no alcanzamos a ver su rostro. No sé cómo anda nuestra fe en Él en estos tiempos que navegamos, ni en qué barca nos hemos subido. Es posible que conozcamos las verdades del credo, nos confesemos católicos pero todavía no hayamos tenido la experiencia de Dios. Es posible que no reconozcamos a Dios en la trama de las cosas de cada día, ni le permitamos llevar el timón de nuestra vida.

Elías (primera lectura) tiene que reconocer a Dios en el susurro de la brisa, no en el ruido, ni en cosas ‘maravillosas’. Alguna vez Dios se presentará de manera sorprendente, pero su estilo es hacerse presente en el susurro de la vida de cada día. Pedro y su grupo (Evangelio) tienen que reconocer al Maestro -al que siguen y con quien conviven- en medio del agua y ¡todavía lo confunden con un fantasma! No hay duda, la vida no se adelanta, se vive al día. El creyente va descubriendo que Dios está en el susurro de las mañanas y las tardes, de los gozos y fatigas de cada día. Dios viene y está ahí aunque sea una trama tremenda que, de pronto, nos desconcierta y zarandea… Y no es un fantasma.

¿Qué tenemos que hacer cuando parece que nos estamos ahogando en alguna situación oscura de la vida? Lo de Elías, Pedro y compañeros: entre el temor, la fe y la esperanza buscar la cercanía del Señor. Resignarse a la lejanía no es una buena señal. La fe genera confianza y ésta se manifiesta en la osadía que vence al miedo. Nos hundiremos cuando nos apoyemos sólo en nuestras fuerzas o razones humanas. No es nuestro propio poder el que nos mantiene a flote sino la fuerza del Señor. Es cierto, la autoestima es buena con tal de que no degenere en autosuficiencia.

Dejemos subir a Cristo todos los días a nuestra barca y confesemos con fe: “Realmente tú eres el Hijo de Dios”. Este es el anuncio que se espera de nuestros labios y de nuestra vida entera. No olvidemos ayudar desde la caridad a otras barcas que tal vez se estén hundiendo.

Ponemos bajo las alas del Espíritu Santo a estudiantes y maestros que han iniciado un nuevo ciclo escolar.

Con mi afecto y bendición.

Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas

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