El reino de Dios está cerca. (II Domingo de Adviento, ciclo A)

EL REINO DE DIOS ESTÁ CERCA
II Domingo de Adviento. Ciclo A.

Acercarse, estar cerca, cercanía, son actitudes, modos de estar y de ser en la vida. La cercanía es una de las expresiones con las que el Papa Francisco traduce el amor compasivo y misericordioso de Dios, siempre cercano, y el del discípulo que busca ser fiel. No hay de otra, es la presencia misma del amor. No es una alternativa más, mucho menos una moda papal. No hay cristiano en salida, ni Iglesia en salida sin ser y estar cercano al prójimo.

Juan Bautista aparece hoy en escena anunciando la cercanía de Dios. A propósito, Mateo nos describe su forma de vestir y de comer. No pretende dictar moda sino expresar el vestido de la cercanía. Vestido austero, comida frugal. Vida de silencio en el desierto, predicación sin ambigüedades. Juan Bautista toca lo esencial, dice la verdad, anuncia la novedad: “El Reino de los cielos está cerca”. Lo exterior también expresa la cercanía de parte de quien se sabe atento, a la escucha, cercano.

¡Conviértanse! ¡Preparen el camino del Señor! ¡Enderecen sus senderos!, grita a los cuatro vientos el profeta, el de vestido austero, el no esclavo de las apariencias del consumo. Se refiere al necesario cambio interior de donde ‘salen’ los gestos con los que el convertido, el disponible, el enderezado expresa que cree, acepta y vive con alegría la cercanía de Dios Amor, la presencia viva del Reino de Dios. Juan Bautista no manda hacer cambios espectaculares en la sociedad; apunta, más bien, a un paso previo: la conversión personal.

Me llama la atención la gente que cree en Dios y dice no necesitar conversión. Creen, se sienten, pregonan que son ‘buenas personas’. No es que la bondad sea algo malo. El problema es que, el creerse ´buenos’, casi casi santos, está impidiendo la conversión; no hay aspiración a ser mejores; la santidad no entra en su vocación. Juan dispara palabras muy duras contra los fariseos y saduceos que –según ellos- nadan en la abundancia de sus méritos.

El Mesías no busca gente buena, ya jubilada en la bondad, la justicia, el amor y la paz. El Mesías viene a buscar a los pecadores, a personas urgidas de conversión. Él necesita de personas que, cuando escuchen ¡conviértanse!, se sientan aludidas, se estremezcan, se abran a la cercanía del amor de Dios y escuchen y atiendan los gritos del necesitado.

Dios está cerca, muy cerca de aquellos que viven el desierto y se reconocen pecadores. No es posible que Dios esté lejos de los corazones que quieren florecer, se acercan al prójimo y tienden la mano a los heridos tirados en las cunetas de la vida. La cercanía de Dios trae consigo la presencia del “venga a nosotros tu Reino”. Entonces del Dios está cerca pasaremos al Dios está en mí, dentro de mí, en y con nosotros.

El tiempo de Adviento también tiene el tono y el color del desierto, del hacer penitencia. Vivir la esperanza necesita de la conversión si no quiere diluirse en una vana, costosa y pasajera ilusión. Encendamos la segunda vela, la vela de la conversión.

Con mi bendición en el camino de Adviento.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas