Dios entre aves, lirios y personas. (VIII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A)

DIOS ENTRE AVES, LIRIOS Y PERSONAS
VIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A.

Cuando empecé a preparar esta reflexión oía las campanadas de un templo cercano. Me hice las siguientes preguntas: ¿Son necesarias en tiempos de relojes exactos? ¿Nostalgia? ¿Presencia? ¿Reproche? ¿Anacronismo? ¿Capricho de la tradición? ¿Iglesia desfasada? Imágenes e ideas fueron y vinieron con cada campanada. Cuando dieron la tercera no pude vencer la tentación de asomarme a la calle para ver si la llamada era atendida. Se sentía el frío invernal. La gente prefirió permanecer en casa pero, estoy seguro, el llamado a la fe siguió su curso de la manera que sólo Dios conoce. Como que oír el sonar de las campanas de los templos todavía nos proporciona las dosis de confianza que necesitamos.

Los habitantes de nuestro tiempo suelen cuestionar las realidades que no se ven y también las que se oyen. La cuestión puede terminar en duda, afirmación, negación. Por otra parte, las incertidumbres de todo tipo nos acosan. Buscamos seguridades en garantías y seguros. Si vivir el presente (que vemos) es un reto, el futuro (que no vemos) nos da miedo y, a veces, hasta nos aterroriza. Ansiedades y angustias, incertidumbres e impotencias, junto a desganos y apatías son elementos que encontramos en las mochilas de la existencia moderna. Vivir al día, quedarse en el momento, pasarla ‘hay nomás’ no disponen ni abonan para asumir compromisos duraderos. La confianza, la fidelidad y la lealtad son virtudes y valores que no tienen alta cotización en la bolsa de la vida.

Escuchar y atender el Evangelio del domingo previo a la Cuaresma es un reto mayúsculo para el creyente y para el discípulo de Jesús. Eso de confiar absolutamente en la providencia de Dios puede ser inaceptable para quien no acepta lo que no ve, ni oye, ni siente. Confiar a fondo perdido en Dios, poner en él toda la confianza hasta el límite de no preocuparnos tanto de qué comeremos, parece una cosa insensata. Sin embargo para quien cree en Jesucristo es el único seguro para caminar con confianza en la vida con todos los recovecos que vienen en el paquete.

En el fondo, la angustia que nos producen las ‘preocupaciones de la vida’ viene de no estar bien cimentados en Dios, nos enseña Jesús al concluir el discurso de las bienaventuranzas. Confiar en Dios no significa desatenderse de nuestras responsabilidades en el trabajo, la familia y la sociedad. Confiar totalmente en Dios nos va llevar a buscar el Reino y su justicia con más audacia y compromiso. Y, aunque las exigencias del Reino nos desbordan y sobrepasan, la fe-confianza en Él será siempre un acicate para procurar una vida alegre, confiada y entregada. Lo que Jesús denuncia y rechaza es la idolatría de los bienes materiales, poner los medios como fines, vivir sólo para hacer dinero. El Reino de Dios es primero; lo demás viene por añadidura.

Los abrazo y bendigo en vísperas de la Cuaresma 2017.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas.