¿Dichosos? (IV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A)

¿DICHOSOS?
IV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A.

Aprender a vivir es aprender a ser feliz, afirmaba contundente un libro leído cuando un servidor ‘era generación joven’ en los años sesentas. Su contenido me impactó de tal manera que calmó mis ideas confusas y me colmó de una paz interior que vuelvo a disfrutar apenas llega el recuerdo a mi memoria.

Ser feliz no solamente estar feliz en determinados momentos, con ciertas personas, en espacios controlados. Ser feliz como anhelo continuamente colmado y como estilo de vida. Ser feliz, aprender a ser feliz, compartir el gozo, irradiar el disfrute de vivir. Aprender a ser feliz es aprender a encontrar el sentido de la vida… Son retazos de reflexión que resuenan en mi conciencia como campanas que convocan a celebrar y agradecer la dicha de ser dichoso.

En años recientes han proliferado sondeos y encuestas acerca de la felicidad de individuos y pueblos. Los resultados muestran diferentes percepciones y vivencias; se acentúa lo subjetivo y lo resbaladizo de querer medir la felicidad en cantidades. ¿Somos felices? ¿Somos más felices que las generaciones anteriores? ¿En qué basamos la felicidad? ¿Bienestar se identifica con felicidad? ¿El éxito en la vida es garantía de felicidad? ¿Por qué tantos vacíos cuando disponemos de más cosas? Éstas y otras preguntas siguen esperando la respuesta de quien se atreva a escudriñar el sentido de las luchas de cada día.

Al terminar el primer mes del año 2017 -en los últimos escalones de la cuesta- Jesús, el Cristo, pone al alcance de la fe la visión de Dios acerca de la felicidad. Nos propone una felicidad distinta, insólita, inédita, sorprendente… Llama dichosos, bienaventurados, felices, a quienes aparentemente, según nuestra mirada, están lejos, muy lejos de la felicidad. Según el Evangelio que hoy escuchamos, la verdadera dicha no reside en el bienestar que pueden proporcionar las cosas y los éxitos. La verdadera y auténtica felicidad sólo puede enraizarse en Dios, fuente de todo bien y de todo amor.

Las bienaventuranzas no nos dicen que los pobres, los que lloran, los que trabajan por la paz… son dichosos automáticamente. Todos ellos sufren estas situaciones, pasan necesidad, se sienten oprimidos. El mal es mal y nunca podrá ser fuente de felicidad. Las bienaventuranzas nos dicen que, sea cual sea su situación, el hombre que busca a Dios de todo corazón y cumple el mandamiento del amor tiene a Dios de su lado. Ante el Reino de los cielos no hay ninguna riqueza comparable. Dios es la plenitud del gozo. Dios da y es el sentido absoluto de todo.

Sólo Dios basta, decía santa Teresa de Ávila. Con Él podemos hablar de la felicidad de los pobres de espíritu, la felicidad de los que lloran, la felicidad del que sufre, la felicidad de los que tienen hambre y sed de justicia… Es feliz quien mira con los ojos de Dios, mirada de amor misericordioso, divinamente fiel, lleno de ternura, fuente de todo consuelo, fortaleza en las inevitables luchas en la vida.

“Busquen la justicia, busquen la humildad”, dice el profeta en la primera lectura. Ya sabemos dónde está la casa y escuela del aprender a vivir, del ser felices. Es cuestión de fe. Es cuestión de amor.

Un abrazo y mil felices bendiciones.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas