Con la camiseta bien puesta. (XIX Domingo del tiempo ordinario, Ciclo C)

CON LA CAMISETA BIEN PUESTA
Décimo noveno Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.

Han iniciado los Juegos Olímpicos 2016 en Río de Janeiro, Brasil. Más de doscientos países son representados por deportistas, entrenadores y funcionarios. Cada uno de los atletas lleva con orgullo en su uniforme el nombre del país que representa y en el corazón el deseo de una medalla para la nación que representa. Ya nadie se conforma nada más con competir; todos aspiran a ser reconocidos como los mejores del mundo en la disciplina que han elegido y han sido seleccionados. Cada cuatro años vuelve a entonarse el himno de la esperanza en un mundo que busca globalizar la paz, la fraternidad, la amistad, la solidaridad, la alegría de vivir juntos en el planeta tierra, nuestra casa común. Todo a través del deporte con el espíritu olímpico.

No puedo dejar de escuchar el Evangelio de este domingo al margen de este acontecimiento. Me he imaginado a cada uno de los atletas como buenos administradores de talentos y oportunidades recibidas poniéndose bien la camiseta desde la preparación en su disciplina hasta el día esperado de su participación. Las medallas se deciden en segundos y minutos. Los sueños y los planes para hacerlos realidad se canalizan en trajes a la medida y en la mística de ‘un cuerpo sano en una mente sana’ y al revés. Confianza, respeto, vigilancia, responsabilidad, trabajo en equipo… son algunos de los valores éticos que dan consistencia y sentido a tantos sacrificios. La estrategia tiene sentido si se hace acompañar del espíritu ético.

Hoy, en el Evangelio, Jesús sigue instruyendo a sus discípulos y a la multitud durante su camino hacia Jerusalén. No se trata de estrategias para conquistar medallas que se enmohecen con el paso del tiempo sino de la fe y la entrega que necesita el creyente para lograr el tesoro inagotable del Reino de Dios. La confianza total en Dios y el gozo de su cercanía son valores decisivos en el largo combate durante el camino de la vida del discípulo. Dios es padre, guía, entrenador, presencia, gracia. La ‘camiseta’ de Dios lleva el nombre santificado de misericordia, fidelidad, ternura, cercanía, presencia, amor eterno.

El discípulo-seguidor-cristiano está llamado a ser un atleta que se pone bien la camiseta de la vigilancia y la responsabilidad si quiere subir al podio de la gloria eterna. Responsabilidad y vigilancia se mezclan con “la túnica” del servicio para ser creíbles. El engaño del dopaje no cabe en la pureza de corazón que se exige al discípulo atleta. Si la camiseta combina estas actitudes se encenderá la lámpara, la vida será luminosa, las puertas del Reino estarán abiertas y el Padre, dueño de todas las delegaciones, otorgará el premio que no se corroe.

La certeza de la presencia misericordiosa del Padre activa la vigilancia y ésta la responsabilidad del discípulo, atleta de Dios. Jesús ilustra este espíritu con una vigorosa parábola que es un bello canto a la realización de la esperanza aquí y ahora, con el prójimo y la creación. Nosotros somos simples administradores, no dueños del equipo, mucho menos de todas las olimpiadas de la historia de salvación.

¡Todos a sus marcas en su caminar de discípulos! Dios nos bendice.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas

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