Como en tiempos de Noé y… de Trump. (I Domingo de Adviento, ciclo A)

COMO EN TIEMPOS DE NOÉ Y… DE TRUMP
I Domingo de Adviento. Ciclo A.

En las últimas semanas la referencia hacia el futuro próximo ha sido y es el presidente electo de Estados Unidos de América. Son los tiempos de Donald Trump. Qué va a pasar, cómo, qué consecuencias, cuántos damnificados, qué futuro… son preocupaciones de buena parte de los habitantes de este mundo globalizado. No falta quien vaticine el fin del mundo, de un mundo superdesarrollado que parecía el triunfo de la supuesta racionalidad que caracteriza a la modernidad.

Nos ha empezado a ‘caer el veinte’ y comentamos que no hay elección nacional que no afecte a todas las naciones en este mundo interdependiente e interrelacionado, para bien y/o para mal… ¿Temores? ¿Enemigos del progreso? ¿Indiferencia? ¿Fatalismo? ¿Responsabilidad compartida? ¿Riesgos de la democracia? ¿Inicio de una nueva era? ¿Retroceso en la evolución social? ¿Victoria de grupos que piensan, esperan y actúan diferente? ¿Es para tanto? El acontecimiento ha sido como un tsunami que ha arrasado con muchas de nuestras seguridades y compromete seriamente el futuro soñado.

En la liturgia católica abrimos hoy un nuevo tiempo que nos remite a los tiempos de Noé. El evangelio de Mateo de este domingo nos abre una panorámica para entender qué y para qué es el Adviento. Jesús nos pone en alerta ante las situaciones de la vida presente y las incógnitas e incertidumbres del mundo futuro. La referencia es Noé y la gente de su tiempo que vivían ‘como si nada’, distraídos, sin trabajar la esperanza, confiados en la indolencia del ‘no pasa nada’, dormidos sobre camas frágiles y recostados en las almohadas de la soberbia. “Cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos”.

El tiempo de Noé es también nuestro tiempo y nuestra historia: hombres y mujeres que sobreviven sin pensar en el mañana de la vida; comen, beben, se divierten, se corrompen, matan, viven sin vivir… Lo importante es tener trabajo y salud, decimos frecuentemente. El sentido pleno y final de la vida no importa, se banaliza, se vende al mejor postor, se niega. Quizás ésta sea la causa de la pérdida de valores éticos, morales y espirituales, por tanto, de un futuro justo y bueno.

Con el Adviento iniciamos un nuevo año en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Para quienes creemos en Cristo, es un tiempo especial para adentrarnos en las profundidades del misterio de la vida, de la historia humana y de las historias personales. Aceptar la venida de Jesús en nuestra vida es un acontecimiento que convulsiona nuestros cimientos, convicciones y valores. Jesús viene a ser Señor de nuestra vida. Es lo que expresa el evangelio de este domingo en lenguaje apocalíptico.

Vivir bien el Adviento es la mejor manera de vencer los miedos que paralizan la esperanza y comprometen el futuro. Aunque haya sombras, lágrimas, incertidumbres, cadenas, desconfianzas… la alegre y comprometida espera del Señor nos abre el horizonte de un mañana luminoso. Dios ha sembrado semillas de esperanza en el corazón de la creación y de la historia. El final no es la noche. El final es el día.

¡Es tiempo de Adviento!

Bendigo su proyecto de vida.

+ Sigifredo
Obispo de/en Zacatecas