La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿De dónde procede la vida, de Dios o del “big-bang”?

¿Cómo fue creado el mundo? ¿Hay que creer lo que dice la Biblia o bien apegarse a los últimos descubrimientos científicos? ¿Todavía tiene Dios un lugar en la teoría del “big-bang” y de la evolución? El problema es importante y podría parecer que carece de solución, pues las dos hipótesis parecen contradictorias.

De hecho, oponer ciencia y fe no es una buena solución. Se trata de dos maneras de abordar el surgimiento del mundo y de la vida sobre la tierra. Por un lado, la ciencia progresa sobre el conocimiento de los orígenes y explica cada vez mejor “cómo” surgió el universo hace dos millones de años, y “cómo” el hombre se hizo hombre. Los investigadores no terminan de descubrir y analizar los fenómenos astronómicos, físicos, biológicos que se aunaron para la aparición de la vida: en efecto, es una conjunción extraordinaria de condiciones favorables, la que ha permitido la existencia de la humanidad.

Por otro lado, la Biblia nos dice “por qué” apareció el mundo, cuál es su origen. “El universo me turba y no puedo soñar que este reloj exista y no tenga en absoluto relojero”, escribía Voltaire. La fe cristiana reconoce en la creación, un acto de Dios, una palabra “creadora”. Dios Padre da “origen” a la humanidad, que es llamada a crecer. Los relatos bíblicos precisan bien que Dios confía la creación al hombre: ésta en marcha, tiene su origen en un acto de amor de Dios, quien creó un mundo en devenir y lo devuelve a las manos del hombre.

 “Creer para comprender; comprender para creer”. Sermones, san Agustín

Las dos maneras de abordar la existencia del mundo y su creación no son incompatibles: la ciencia y la fe son dos formas de preguntarse por nuestros orígenes. Investigar cómo nació la vida sobre la tierra, estudiar los fenómenos físicos y cósmicos que están en juego, conocer los procesos científicos, permite comprender mejor el futuro, medir las apuestas ecológicas, energéticas y genéticas de nuestro destino. De los átomos a la Astrofísica, de la división celular a los movimientos telúricos, los investigadores se interesan por la vida, desde lo infinitamente pequeño a lo infinitamente grande. Las ciencias estudian por ejemplo, la extensa evolución que ha hecho del hombre lo que es hoy, ¡Y hay de qué estar maravillado por este camino de humanidad y humanización! En cuanto a la fe cristiana, ella reconoce la voluntad de Dios en la creación. Para otras tradiciones religiosas, el mundo se deriva de la lucha de varios dioses para controlar la creación según su provecho. El Dios de los cristianos creó el mundo con unas palabras: “Y dijo Dios…”. Por esas palabras Dios crea libre al hombre y le do la vida. Él se desposee de su creación, que da a los hombres, llamados, a participar en la obra creadora. “Él creó al hombre a su imagen”, una invitación a una vida comunicativo de ese “don de amor”. En la Biblia, dos relatos hablan de la creación. Esos dos textos comienzan en el primer libro de la Biblia, el Génesis, pero su redacción es bastante tardía en la historia de Israel. Una se remonta alrededor del siglo VIII antes de nuestra era (Génesis2) y la otra al siglo VI (Génesis 1)

Uno expresión de fe y confianza en Dios.

Evidentemente, los autores no asistieron a los orígenes del mundo y su propósito no era reproducir la vida exacta de sus ancestros. Esos textos son la expresión del pueblo hebreo que tiene fe en Dios, fuente de toda vida. Éste es un género literario particular: una corriente teológica -el creacionismo, En boga sobretodo en el mundo anglosajón- querría tomar estos relatos como textos históricos, como un “reportaje” indiscutible acerca de “cómo” fue creado el mundo. Esta lectura literal entra entonces en conflicto con los descubrimientos científicos, y principalmente, reduce la fuerza de los textos en su dimensión religiosa. En el primer relato, Dios creó la tierra en seis días: su palabra pone fin al caos, al universo informe, separando las tinieblas de la luz, la tierra del mar. Él creó las hierbas, los árboles, los animales del mar y del cielo, él hizo “al hombre a su semejanza, hombre y mujer los creó”. El segundo relato completa inmediatamente ese primer texto de la creación, en el cual Dios “insufla un aliento de vida” en la arcilla modelada “y el hombre se vuelve un ser vivo”. Dos formas de reconocer la libre intervención de Dios en el principio, para decir que Dios es creador.

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Recuperado de:

50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.