La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿Quién puede llegar a ser sacerdote?

Convertirse en sacerdote, es responder a una vocación particular. El latín vocare significa “llamar”. La vocación es un llamado de Dios, que invita a seguir a Jesús, al ponerse al servicio de la Iglesia. La misión que Cristo confió a sus apóstoles se prolonga hoy en el ministerio de los obispos, sucesores de los apóstoles, que comparten esta misión con los sacerdotes. Desde los comienzos de la Iglesia, y en seguimiento del llamado de los discípulos, la Iglesia católica no confiere más que a los varones, la posibilidad de convertirse en sacerdotes. Y en la Iglesia católica latina, sólo los hombres solteros pueden ser ordenados. Pero hay todavía otras aptitudes requeridas para convertirse en sacerdote.

El sacerdote va a anunciar el Evangelio, celebrar los sacramentos (Bautismo, Matrimonio, Eucaristía, sacramento de la Reconciliación, Unción de los enfermos) y conducir a la comunidad. Esto no es una profesión, sino más bien una misión, una vocación. Esta dimensión eclesial es importante: no llegamos a ser sacerdotes porque lo decidimos, sino porque el obispo, en nombre de la Iglesia, llama a un hombre al servicio de la Iglesia. Por lo mismo, el candidato no puede ser únicamente “designado”: libremente y sin ser forzado, es que él acepta recibir el sacramento del Orden presbiteral. El llamado para convertirse en sacerdote resulta de una elección consciente y libre, reflexionada detenidamente, en respuesta a lo que la Iglesia reconoce como un verdadero llamado de Jesucristo. Entonces, de manera “indeleble” y para toda su vida, el sacerdote es ordenado por el obispo: recibe el sacramento del Orden. El sacerdote no es un hombre solo que responde a una vocación personal: él participa de la vida colegiada de los sacerdotes, forma parte del “presbyterlum”, esta fraternidad sacerdotal que le recuerda que no puede ser sacerdote completamente solo. Miembro de un conjunto y en comunión con el obispo, el sacerdote ocupa su parte en la vida de la Iglesia.

Para prepararse para esta misión eclesiástica, el futuro sacerdote, en general, cursa de 8 a 9 años de estudios en el seminario. Él va a profundizar las cuestiones teológicas y pastorales, prueba la solidez de su vocación y verifica su madurez afectiva. Lo esencial no se encuentra en la “técnica” dominada, sino más bien en las cualidades humanas y espirituales del sacerdote. “El sacerdote no es un orador sino un predicador, no es un jefe sino un pastor”, explica el cardenal Godfried Danneels, arzobispo emérito de Mechelen-Bruselas.

Las Iglesias occidentales experimentan envejecimiento y una fuerte disminución en el número de sacerdotes. En Francia, 16 mil 500 estaban activos en 2005, pero no serán más de 12 mil menores de 75 años en 2010. Hay apenas más de un centenar de sacerdotes ordenados al año, en las diócesis de Francia. Las escasas vocaciones presbiterales, conducen a una evolución constante del ministerio sacerdotal. Según el espíritu del Vaticano II, los laicos están mucho más implicados en la vida de la Iglesia y en la misión de todo bautizado al servicio del Evangelio.

Desde el Concilio, ha reaparecido el diaconado permanente, una forma de ministerio que existía en la Iglesia primitiva y que cayó en desuso durante varios siglos. Los hombres, solteros o casados, son ordenados por el Obispo para ser “signo de la Iglesia al servicio del mundo”. En el lugar que vivan, ya sea geográfico, profesional, asociativo, eclesial, ellos tienen la misión de manifestar la ternura de Dios para los hombres y mujeres de la actualidad.

El diácono puede celebrar los bautizos y los matrimonios. Si son ordenados y reciben, como los sacerdotes, su misión del obispo, los diáconos no tienen la misma vocación, y no vienen o remplazar o suplir al sacerdote sino a expresar la vocación de la Iglesia al servicio del mundo.

Sacerdote

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.

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