La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿Qué significa reconocerse pecador?

Reconocerse pecador es admitir que en nuestra existencia, no todo está dirigido hacia Dios. Reconocer que el hombre es un ser ilimitado. Dios creó al hombre libre, pero esta libertad está dividida entre la aspiración al bien y la incapacidad de vivirlo plenamente. Negarse a admitir que no siempre hacemos buen uso de la libertad que Dios nos ofrece, finalmente es negar nuestra capacidad de usar con rectitud esa libertad.

No todo, en nosotros, está siempre dirigido hacia Dios. Apartarnos de los otros, también implica alejarnos de Dios. En el curso de los días, hay momentos en que vivimos encuentros fallidos, en que no aprovechamos la ocasión de trabajar en la construcción de un mundo más justo, en que hasta participamos en una cierta forma de mal, de injusticia. He aquí el pecado: se compone de todas esas situaciones en que la libertad de cada uno no se pone al servicio de la vida, de los otros, de Dios, pero estamos preocupados únicamente, de nuestros propios intereses. Negarlo es enceguecerse, rechazar verlo. En cierto modo, es soñar con una inocencia imposible, mentirse a sí mismo atribuyéndose la omnipotencia. Entonces, no necesitamos de los otros, ni de Dios. Al contrario, reconocerse pecador, es admitir la verdad sobre esta incapacidad de usar nuestra libertad acertadamente. Por el reconocimiento de sus faltas, de sus debilidades y de sus límites, el creyente se abre al perdón de Dios. Al comprobar que no todo es perfecto, él da a Dios la posibilidad de retomar su lugar en la perspectiva humana: Dios viene a reorientar, llama a vivir en plenitud nuestras existencias. Ésta es la promesa del Evangelio: Dios nos toca, nos sana, nos diviniza, a través de nuestras mismas faltas y debilidades. Lo esencial en el paso (de reconocerse pecador), no es el pecado del hombre ni el peso paralizante que podría venir de la culpabilidad, sino más bien el perdón de Dios. Ciertamente el pecado no es insignificante, ya que acrecienta la distancia entre Dios y el hombre. Pero Jesucristo dijo que la misericordia de Dios, su amor, no tiene límites. El peor de los pecadores siempre puede volverse confiadamente hacia Dios, quien perdona a su medida, o sea, sin medida. El perdón se convierte en la perfección del don.

Ésta es la promesa del Evangelio: Dios nos toca, nos sana, a través de nuestras mismas faltas y debilidades.

Pero, porque el amor de Dios puede actuar, es importante que el pecador se vuelva hacia él. Nos acordamos de la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32), quien dilapidó la herencia paterna, que cometió las peores estupideces. Como está lejos de su padre, éste no puede hacer nada por él. Pero cuando el hijo pródigo se pone en camino, antes que él pudiera decir sus culpas, he aquí que su padre corre a su encuentro para tomarlo entre sus brazos. Al dirigirse hacia el padre, el hijo pródigo reconoce su pecado y se abre el camino al perdón.

De otra manera, Jesús dice en el Evangelio que él no está aquí por los sanos, sino por los enfermos: “Yo no vine a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mt 9, 13). Los sanos no tienen necesidad del médico. Aquellos que no se reconocen pecadores, no pueden acceder al perdón… son los que se cierran a la gracia divina. No tomar conciencia de su situación de pecador, es tomar el riesgo de no descubrir el amor infinito de Dios.

 yo pecador

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.

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