La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿Qué significa la resurrección?

En la mañana de Pascua, las mujeres se reunieron en el sepulcro, y el Evangelio hace el relato de su llegada: “Ellas no encontraron su cuerpo; regresaron para decir que tuvieron una aparición: los ángeles les dijeron que él estaba vivo” (Lc 24, 23). Sin embargo, Jesús murió en la cruz. Fue sepultado. Tres días después, su sepulcro estaba vacío. Sus discípulos proclamaron a viva voz: “¡ÉI ha resucitado!”. Y el Catecismo de la Iglesia católica lo repite: “La resurrección es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo” (Compendio, n. 126). Hasta con lo que tiene de misteriosa e incomprensible, creer en la resurrección es indispensable para la fe cristiana. Pero, ¿qué es, pues, este “acontecimiento” de la resurrección? ¿Y cuál es su sentido? El hecho y su significado están íntimamente vinculados. En efecto, no podemos entender la resurrección más que dando el paso como creyentes. A partir de dos “signos” esenciales, legados a los creyentes de toda época, que no son en sí mismos “pruebas”, sino la piedra angular de la fe cristiana: el sepulcro vacío y el testimonio de los apóstoles.

 “Y si Cristo no ha resucitado, es vana nuestra proclamación, es vana nuestra fe” (1 Cor 15, 14).

La primera manifestación de la resurrección es un signo “vacío”, en negativo: el sepulcro vacío. Éste es un hecho bien concreto que se impone a todos: el cuerpo de Jesús no está ahí. Sin embargo, no es una prueba de su resurrección; por otra parte, rápidamente se acusa a los partidarias de Jesús, de haber retirado sus despojos. Hay pues, un acto de fe necesario para pasar de la ausencia de Jesús muerto a Cristo resucitado. El apóstol Juan, en su evangelio, dice que, entrando en la tumba vacía “él vio y creyó”.

Entonces, son los testimonios de los discípulos, el signo de que algo sucedió. No son los testimonios directos del suceso: aunque muchas pinturas a través de los siglos han representado la escena, nadie ha visto a Jesús abandonar el sepulcro. Sin embargo, la fe activa de los primeros apóstoles, es un hecho histórico: Jesús resucitado no se apareció en público, solamente a aquellos que tuvieron fe en él. Y estos son quienes lo anuncian: los galileos amedrentados que huyeron del proceso de Jesús, abatidos ante el aparente fracaso de su maestro, de repente se ponen a afirmar, con increíble audacia, que se han encontrado con el Resucitado. Su vida es conmovida: el libro de los Hechos de los Apóstoles narra esta aventura extraordinaria de la Iglesia naciente. Y los apóstoles, después de dos mil años, arrastran con ellos, una multitud de creyentes que tienen fe en Jesús.

La promesa de la vida eterna.

En la mañana de Pascua, Jesús no recobró simplemente un cuerpo “reanimado” para vivir igual que antes, como por ejemplo Lázaro, a quien Jesús llama nuevamente a la vida: Lázaro retomó su existencia y concretamente murió por segunda vez. Jesús, verdaderamente muerto en la cruz, “pasó por la muerte” como dicen las Escrituras, para vivir esta vida eterna prometida por el Padre. Al resucitar, él es distinto, es otro, vivo con una nueva vida cerca de Dios. Y a la vez, es él mismo, Jesús, con quien vivieron los apóstoles. Los relatos de la aparición subrayan que aquellos que vieron a Jesús resucitado, no lo reconocieron al principio. María Magdalena, ante el sepulcro vacío, lo confunde con el jardinero. Los discípulos, en camino hacia Emaús, piensan que caminan con un desconocido. No es sino con la mirada de la fe, que ellos terminan por reconocer al Mesías, el crucificado resucitado. Los apóstoles entonces descubren todo el alcance del acontecimiento: Dios es más fuerte que la muerte. Mediante la resurrección de su Hijo, Dios promete la vida eterna a todo hombre. Creer en la resurrección, es creer en la promesa de que después de la muerte, nuestra existencia no acabará jamás.

La resurrección es el pivote de la fe cristiana. Sin embargo, siempre es difícil admitirla, esencialmente porque nos introduce en una nueva perspectiva: no se trata más de revivir, de reencontrar la misma vida antes de morir, sino de entrar en una nueva vida en la que Jesús es el primer viviente, que nos abre un “paso”, que es lo que significa la palabra “Pascua”. Creer en la resurrección de Jesús es creer también en nuestra propia vida eterna, bajo una forma aún desconocida, pero sabiendo que siempre seremos nosotros mismos. “Cuando estamos en un túnel, no vemos nada, pero es absurdo querer por eso, que el paisaje, a la salida del túnel, sea el mismo que el de la entrada”, decía Christian de Chergé, monje de Tibhirine (Argelia), antes de ser raptado y asesinado en 1996. La resurrección de Cristo abre una brecha en nuestros encierros y nuestras muertes. Por otro lado, por las “pequeñas resurrecciones”, ya sentimos, en la existencia cotidiana, que Dios nos salva desde hoy. Si Jesús ha vivido plenamente la resurrección, como testimonian el Evangelio y la Iglesia, nos invita a todos los hombres a esa dinámica de vida eterna.

Resureccion

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.