La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿Qué sabemos del cielo?

Según la comprensión judía del universo, la tierra plana estaba rodeada por el mar, mientras que bajo la tierra se encontraba el shéol, el mundo donde los muertos se encontraban en una especie de existencia terrena, sin relación ni perspectiva. Cubriendo el conjunto, como una “burbuja”, había una bóveda celeste. El cielo, es simbólicamente el “lugar” de Dios, alejado e irremediablemente separado de la tierra y su opuesto, el shéol. En lenguaje teológico y simbólico, el cielo es “el sitio” donde el Altísimo reside plenamente. Numerosas expresiones del Antiguo Testamento evocan el “diálogo” entre el Dios del cielo y los hombres. Esto es porque, por ejemplo, la montaña -más cercana al cielo- es a menudo el lugar de encuentro con lo divino: Moisés escala el Horeb, “la montaña de Dios” (Éx 3, 1).

La venida de Jesús abre una brecha entre la tierra y el cielo. Por la presencia de Cristo en medio de nosotros, la distancia entre Dios y los hombres se aniquila, aunque persiste el símbolo. Así, el episodio de la Transfiguración tiene lugar sobre el monte Tabor: Jesús aparece en su gloria ante sus tres discípulos, acompañado de Moisés y Elías. Durante la Ascensión, Jesús es “llevado al cielo” para reunirse con su Padre. La oración del “Padrenuestro” se dirige a Dios “que está en los cielos”.

El cielo, se promete a los hombres que son salvados por la resurrección de Jesús: “El cielo, es el estado de bienaventuranza suprema y definitiva. Los que mueren en la gracia de Dios, viven en comunión con la Santísima Trinidad e interceden por nosotros (Compendio del Catecismo de la Iglesia católica, n. 209). Santa Teresa de Lisieux tenía una fe ardiente en esta vida después de la muerte: “Pasaré mi cielo haciendo el bien en la tierra”, decía.

De hecho, que el “cielo” no se confunda con el universo explorado por los científicos, mejor valdría hablar de “vida eterna”. He aquí la promesa hecha: una vida nueva que hace penetrar en la vida misma de Dios, a quien entonces veremos cara a cara. Por supuesto, esta “vida eterna” escapa a nuestros puntos de referencia espaciotemporales en que colocamos “al cielo”, por así decirlo. “Este misterio de comunicación bienaventurada con Dios, y con todos los que están con Cristo, rebasa toda comprensión y representación”, nos dice todavía el Catecismo de la Iglesia católica (edición completa, n. 1027).

Sentimos, sin embargo, que se tratará de un reencuentro en verdad, lo mismo para cada persona individualmente, que una vida armoniosa para todos juntos. Los pasajes bíblicos y los comentarios describen también la vida eterna como un estado festivo, un banquete nupcial, el reparto sin fin de cosas buenas: tantas imágenes para designar esta bienaventuranza prometida, que no podemos imaginar. ¿Por qué todas estas analogías sobre un más allá, necesariamente desconocido? En primer lugar, porque Jesús habló a sus discípulos mediante imágenes y parábolas. Entonces, podemos experimentar ya en la vida terrena, un poco de esta eternidad prometida: en ciertos momentos de intensos encuentros humanos, o de experiencias espirituales. Los gestos de amor, de solidaridad, de comunión, son los momentos de “gracia ” que corresponden al orden de la vida eterna. Sin embargo, por definición, aún no estamos así por completo: ¡eso sería el cielo en la tierra!

Dios padre

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.