La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿Por qué practicar todavía el exorcismo?

¿EI exorcismo será una práctica de otra época, un vestigio folclórico? ¿Hace falta tomar a la ligera el entusiasmo actual por el satanismo o los fenómenos ocultistas? Ésa no es la opinión de la Iglesia católica. El mal, el “Maligno” siempre trabaja en el mundo y Cristo vino para liberar al hombre del pecado: el exorcismo y la oración de liberación mantienen pues, su actualidad. El exorcismo tiene por objeto expulsar los demonios, liberar a una persona de la influencia demoniaco. Este recurso tiene una práctica purificadora presente en numerosas religiones y adquiere, en el cristianismo, una dimensión evangélica, Jesús expulsó muchos demonios en el curso de su vida pública.

El Bautismo, es el que en primer lugar, nos libra del mal. Este sacramento es considerado como un exorcismo que expulsa el mal original del bautizado. Después, los fieles son invitados a seguir a Cristo a lo largo de toda su vida: cuando están sometidos a la tentación del mal, pueden, por la oración, la práctica de los sacramentos y del perdón, volver al camino de la vida evangélica. Pero ocurre que hay unas situaciones más dolorosas, más difíciles, donde el individuo se encuentra como “invadido” por el mal. En el “exorcismo mayor”, un ritual muy solemne para liberar del influjo demoniaco, la Iglesia hace acopio de fuerzas para ir en ayuda de un miembro sufriente de la comunidad. El exorcismo se lleva a cabo en situaciones extremas, cuando el fiel se siente “poseído”, investido en todo su ser, es decir, en cierto modo, “desposeído” de su propia libertad. Cerca de 25 mil personas sienten cada año este desamparo y se dirigen entonces a uno de los 200 sacerdotes exorcistas que, actualmente, en Francia, ejercen este poder. Éstos acogen siempre las solicitudes, pero practican el rito del exorcismo sólo de manera excepcional.

¿Es decir que la práctica cayó en desuso? ¡ciertamente no! El mismo Jesús confió a sus discípulos este poder y responsabilidad de “expulsar los demonios” (Mc 6, 13). Sin duda, el proceso en sí, más que en el pasado, ha sido enriquecido por las enseñanzas de las ciencias humanas y utilizado con sobriedad. Las instancias psicológicas y psiquiátricas, a menudo ponen en juego los temores a Satán. La Iglesia no niega la existencia de aspectos malos en el mundo, pero la fuerza del encuentro, del diálogo, de la oración y los sacramentos –particularmente el sacramento de la reconciliación– a menudo llega a restablecer al fiel en su paz y su libertad. En el curso de la experiencia, el exorcismo ha sido estrictamente limitado. El ritual romano define hoy cuatro criterios que permiten sospechar la intervención diabólica: el hecho de hablar un idioma desconocido, descubrir las cosas escondidas, manifestar una fuerza física centuplicada, sin relación con su edad o condición física, y manifestar una violenta aversión a Dios, al nombre de Jesús, de la Virgen o de los santos, por las imágenes, lugares y objetos sacros. Si estos cuatro criterios no son testificados, el fiel que sufre no es por eso, abandonado a sí mismo: Jesús, enviando a sus discípulos, les da la misión de “curar las enfermedades y expulsar a los demonios” (Mc 6, 7). En seguimiento de Cristo, el sacerdote exorcista propone, dentro de un marco espiritual, un proceso de apaciguamiento, de reconciliación y de confianza en Dios.

Este acompañamiento se hace en el respeto de los campos que afectan a la persona, y en vinculación, generalmente, con médicos o psicólogos: las peticiones de exorcismo se revelan en efecto ligadas a sufrimientos reales, heridas personales, dificultades sociales.

La sesión, entonces, no es del orden del exorcismo, pero constituye una invitación a poner bajo la mirada de Dios, la realidad de una vida dolorosa. El fiel, por este proceso, puede liberarse de algunas trabas y reconciliarse consigo mismo, con los otros, con Dios.

Reconciliacion

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.

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