La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿Por qué el matrimonio es herido por el adulterio, por el divorcio?

Cuando un hombre y una mujer se casan, se convierten en el signo de la fidelidad de Dios para con los hombres. A imagen del amor indefectible de Dios por la humanidad, la pareja es indisoluble, y todo lo contrario a este don, es una herida.

Sacramento MatrimonioSegún la Iglesia católica, sean cuales sean las transgresiones de los esposos, el sacramento del matrimonio sigue existiendo. No puede pues, ser borrado o alterado, ni por el adulterio ni por el divorcio, y nada puede liberar a los esposos de su unión celebrada ante Dios y ante los hombres: los lazos del matrimonio católico no son rotos, incluso en caso de divorcio civil. Adulterio, divorcio, poligamia, unión libre… no son conformes a lo que la Iglesia desea para la plenitud conyugal de los fieles: en este sentido, es que ella considera que estas situaciones son hirientes, pues atentan contra la dignidad y la dimensión sagrada del matrimonio. Sin embargo, hay una gradación en la gravedad de estas heridas (al matrimonio). Los esposos separados, el divorcio excluido, incluso si no viven lo mejor posible su unión, no están apartados, por ejemplo, de la comunión: “La Iglesia admite la separación física de los esposos cuando su cohabitación se convierte, por motivos graves, en prácticamente imposible, aunque ella desea su reconciliación” (Catecismo de la Iglesia católica, Compendio, n. 348). En cuanto al adulterio, cuya prohibición forma parte de los diez mandamientos, está condenado. La relación de uno de los esposos con otra persona, traiciona el compromiso de fidelidad contraído en el matrimonio. En este sentido, el pecado de adulterio constituye una “herida”, pero no puede desvincular a los esposos entre sí. El adulterio puede cesar, y el fiel cristiano reconocer su pecado. Entonces es restablecido en la verdad del matrimonio por el sacramento de la reconciliación. La situación es más delicada para el nuevo matrimonio de los divorciados, expresión pública de un adulterio, ya que el primer matrimonio perdura. Este motivo es por el que la Iglesia lo condena.

“Así que, ya no son dos, sino una carne: por tanto, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre.” (Mt 19-6)

Si el principio de indisolubilidad del matrimonio está firmemente establecido y todo lo que puede contradecirlo es denunciado por el Magisterio, la Iglesia quiere, sin embargo, ser acogedora en las situaciones concretas vividas por los esposos infieles o divorciados. Ella sabe que la exigencia de fidelidad a imagen de la fidelidad divina, rebasa la mera capacidad humana. En todos los ámbitos, el cristiano puede no estar a la altura de esta exigencia.

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.