La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿Por qué Dios permite el mal?

Dios es bueno. Dios quiere la felicidad de los hombres. Entonces, ¿por qué existe el mal? La desesperación que conduce a los jóvenes al suicidio, los genocidios y los crímenes contra la humanidad, las poblaciones desplazadas y perseguidas, los accidentes carreteros, las personas aisladas y abandonadas, la enfermedad, las inundaciones, la violencia física, los sufrimientos psíquicos… ¿Por qué siempre la humanidad es prisionera de la trágica realidad del mal? Hay que decirlo claramente: frente al mal, no hay explicación. Porque el mal no tiene sentido; es absurdo.

Si no existe explicación, los hombres de todos los tiempos han buscado aclarar el misterio del mal, para prevenirse mejor contra sus estragos. En primer lugar, ha sido grande la tentación de considerar el mal como querido por una fuerza externa, maliciosa, maléfico. El Dios de los cristianos, como las divinidades de otras creencias, hace mucho que ha sido señalado como el responsable del mal que golpea a la humanidad. Ahora bien, en la fe cristiana, nunca hemos “merecido” sufrir: sería la imagen de un Dios vengador que ajusta las cuentas, que recompensa a sus creaturas según su buena voluntad. En la Biblia, Job, fiel entre los fieles, ha sufrido todas las desgracias del mundo. Sin embargo, Job se niega a hacer a Dios responsable del destino que se ensaña contra él. No puede, por lo tanto, ser objeto de un Dios que protege o condena según nuestros méritos.

“No hay que buscar el surgimiento del mal, por parte de Dios. Un Dios sorprendido por el mal quizá es ingenuo, pero por lo menos, no es un Dios incalificable que permite el mar”.

Maduremos la reflexión. La fuente del mal puede encontrarse en la responsabilidad y la acción “culpable” del hombre. Dios quiso crear al hombre libre. Pero es libre de hacer el bien y de vivir buscando el desarrollo de cada uno, también es capaz de –todos lo hemos experimentado- ceder a la iniquidad, a la violencia, al mal que lesiona y destruye a los otros. El mal es el rostro deformado de nuestra libertad humana. Dios no es un intervencionista, y al igual que un padre puede ser afectado por lo que quieren sus hijos, él respeta infinitamente nuestra libertad humana. Dios ama, y no se impone. Si Dios no quiso el mal, no permanece insensible y ajeno a nuestra condición sufriente. ¿Cómo lo sabemos? Porque Jesús mismo confrontó al mal, a la violencia de los hombres, al desprecio, a la muerte: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, exclama desde la cruz.

La Encarnación, Dios hecho hombre, es la respuesta a esta punzante interrogación: el mal no procede de Dios y Dios ha enviado a su propio Hijo al lado de los hombres en esa batalla contra el mal. A través de Jesús, Dios muestra que toma partido y repite, como desde el principio, que él es un Dios bueno. Pero se dan todas las causas inocentes, que llegan a trastornar a la humanidad: catástrofes naturales, enfermedades, sufrimientos psíquicos. Entonces, ¿quién podría ser responsable de los terremotos, tsunamis, epidemias, ciclones y otras tormentas? El misterio sigue sin resolverse… ni el mal que invade el corazón de los hombres, el mal que se abate ciegamente en las catástrofes y en la enfermedad, no hay explicación. Es un aspecto inevitable de la existencia sobre el cual, nadie puede descubrir su causa.

Sólo resta que, si el mal carece de sentido, la manera de afrontarlo y poderlo superar, sí tiene sentido. Hubo un tiempo en que los sufrimientos podían ser comprendidos como una “prueba” a superar, en vista de una recompensa en la tierra o en la eternidad. Pero Dios no tiene nada que ver con el sufrimiento. Dios no puede sino “sufrir con el hombre sufriente” y abrir los caminos para resistir al mal. La forma en que hacemos frente a las catástrofes, la capacidad de luchar contra las enfermedades por la investigación, contra el hambre mediante la solidaridad, contra la soledad por el cuidado de los otros, nos hace participar de la esperanza divina. Dios es un Dios de vida que quiere darnos su Reino, y el mal no tiene la última palabra.

Jesús ha triunfado sobre la muerte, el mal supremo, por la resurrección que promete a todos. También él ha abierto los caminos de fraternidad a través de su vida terrena, en el corazón de un pueblo. Jesús limpió a los leprosos, curó a los ciegos, sanó al paralítico. Sí, el mal existe, pero Dios está comprometido en esta lucha contra el mal que ha sido vencido. En ese combate por la vida, él nos invita a seguirlo.

males

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.

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