La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿Por qué decimos que muriendo, Jesús nos salva?

”EI lenguaje de la cruz es locura para los que quieren su perdición, pero es fuerza de Dios para los que quieren su salvación”, escribe san Pablo a la comunidad de Corinto (1 Cor 1, 18). No es fácil ver en Jesús crucificado al Dios que nos salva. Sin embargo, al aceptar morir sobre la cruz, Cristo toma el camino de la resurrección. Hacia el fin de su vida terrestre, es cuando Jesús resucitado nos abre al infinito amor de Dios.

El nombre de Jesús, Jeshua (de Yahveh-shua) en hebreo significa “Dios salva”. Y lo que nos salva, no es en primer lugar, la crucifixión de Jesús, sino su encarnación. Su vida, hasta la muerte en cruz, nos habla del amor total de Dios: “No hay amor más grande que dar la vida por quienes amamos” (Jn 15, 13). Al adherirse a esta palabra de salvación, el creyente será salvado: Jesús viene a compartir nuestra vida, hasta la muerte.

La existencia entera de Jesús es signo de ese don total. Durante su vida, él no dejó de hablarnos del amor infinito de Dios. En sus encuentros con la gente, de lo cual dan testimonio abundante los evangelios, Jesús es fuente de un “contagioso” renacer de la vida: él vuelve a poner en pie a la gente. El paralítico no es solamente curado, él es salvado, es decir, restablecido en la belleza de su persona entera. Jesús no actúa como un curandero, dando un pase mágico para arreglar el cuerpo; y si el paralítico salvado se va con su camilla bajo el brazo, éste es el signo de que su vida no se borró sino que se transformó (Mc 2, 6-12).Al igual, Jesús no es detenido por la violencia de la cruz, no evita la prueba, pero atraviesa la muerte. La resurrección y la salvación no se imponen.

Como con el paralítico de la piscina de Bethesda (Jn 5, 1-16), Jesús se dirige directamente a nosotros: “¿Te quieres curar?”. Su muerte no opera nuestra salvación como por encantamiento: es al mirar la cruz y la desmesura del amor divino, que somos llamados a creer, como el centurión ante Jesús que expira: ‘Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios” (Mc 15,39). La muerte de Jesús no nos salva en sí misma, sino este impulso de fe que nos puede embargar. Ella (la fe) también nos dice que no somos salvados por nosotros mismos, sino más bien por el “desbordamiento del amor divino” del cual es testimonio la cruz.

Por la donación de su vida, Jesús nos salva “gratuitamente”. No es la suma -finalmente bien modesta e imperfecta- de nuestras buenas acciones lo que nos salva, sino nuestra fe en Jesús, muerto por nosotros. El amor de Dios precede y sobrepasa todos nuestros méritos. “La prueba de que Dios nos ama, dice el apóstol Pablo, es que Cristo, mientras éramos todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom 5, 8).

¿Qué significa, en fin, “ser salvado”? Se trata, una vez más, de que cada uno exprese en lo más personal, lo que su fe suscita. A través de su muerte, Jesús repite ese amor infinito que incansablemente invita al hombre a volverse del pecado, para escoger la vida. Con la cruz, que podría haber sido el signo de un fracaso total, Jesús manifiesta su victoria sobre la muerte. La muerte es la experiencia humana más radical. Y nosotros no estamos solos para afrontarla. Jesús inaugura un camino de fe: nos salva del pecado y de la muerte. Ser salvado es creer que la vida triunfa, y que nos es dada en abundancia.

 Jesus muere en la cruz

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.

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