La fe cristiana presentada al hombre moderno: María, Virgen y Madre de Dios.

La fe cristiana dice claramente que una mujer “dio a luz” a Dios: María, siempre Virgen y Madre de Dios. En esta doble afirmación, con frecuencia nos detenemos en la virginidad de María.

María ha dado al mundo a Jesús, verdadero hombre: de este modo, el Credo afirma que “por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. María, jovencita de Palestina, llevó en su seno a su hijo, verdadero hombre y verdadero Dios. He aquí una maternidad fuera de lo común, reconocida por los creyentes como una “obra divina”. Esto es lo que la Iglesia dice, afirmando la virginidad de María.

Los evangelios de Mateo l, 18 y de Lucas l, 26-35 nos dicen que Jesús no fue concebido por la unión carnal de María y José, sino que él nació de una virgen. Esta afirmación, planteada desde los primeros tiempos de la cristiandad, no ha hecho sino levantar muchas preguntas, incluso vivas polémicas. Sin embargo, el propósito de la Iglesia, no es en principio, describir una realidad ginecológica. Para la fe católica, la virginidad de María permanece vinculada a divinidad de Jesús, como un signo de la Encarnación. Pues “la concepción virginal de Jesús no es en principio un misterio relativo a María, sino apunta en primer lugar, a la identidad de Jesús”, explica Bernard Sesboüé (Creer, ed. Droguet Ardant, 1999, p. 341). Y esta identidad de Jesús no es comprensible dentro de la fe, más que a partir de la Resurrección. Su cuerpo escapa a todo dominio: “Jesús escapa a la ley de la corrupción: en negativo, signo de su Resurrección. Él no nació de un padre humano, en negativo, signo de su filiación divina, continúa el teólogo. Nadie lo ha depositado en el seno de María. Nadie se lo llevó de la tumba”.

De hecho, los relatos evangélicos mencionan la virginidad de María como una consecuencia de la aparición de Dios en la historia mana: el nacimiento de Jesús quien se encarna, no es el resultado de una paternidad humana, ni de un encuentro sexual al modo mitológico entre un dios y una mujer, sino el fruto de la intervención creadora del Espíritu Santo. Creer en la virginidad de María es un acto de fe: ni la ciencia ni la historia permiten decir el “cómo” de la resurrección, ni el “cómo” de la concepción de Jesús. La misma María, en el relato de la Anunciación, cuando el ángel le dice que concebirá un hijo, pregunta: “¿Cómo será esto?”.

No veamos allí un relato simbólico, más bien, dentro de la fe cristiana, un hecho cargado de sentido. Es un signo del origen divino de Jesús. Y esta intervención de Dios en el nacimiento de Cristo, también es entendida como una recreación de la humanidad entera. Jesús, a veces fue designado, particularmente por el apóstol Pablo, como “el nuevo Adán”.

Adán, esto es, la humanidad: con Cristo, una nueva humanidad es la que comienza. En este sentido, María, Madre de Dios, llega a ser también, madre de todos los hombres.

“Lejos de ser un elemento que marchite a la mujer en sí, la virginidad mariana extiende su feminidad hasta los confines del tiempo y el espacio, Usted como yo, con la misma profundidad, la misma sinceridad, la misma certeza de una relación personal y única, podemos solicitar su amor y entregarle el nuestro”.

 Virgen

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.