La fe cristiana presentada al hombre moderno. Los monjes: toda una vida de oración.

Muy pronto en la historia de la Iglesia nació esta vocación particular que sitúa la oración en el centro de la existencia. Ya se trate de la ermita en su soledad, o del monje en comunidad, estos religiosos y religiosas contemplativos consagran su vida entera a la oración.

San Antonio, en el siglo III, experimenta este llamado a la oración y a la austeridad, y lleva una existencia ascética en el desierto de Egipto. Esta forma de vida separada del mundo, enteramente consagrada a Dios, se desarrolla poco a poco, hasta establecerse en Europa. San Benito, en el siglo VI en Italia, es quien escribió la regla de la vida monástica, siempre en vigor en la mayor parte de los monasterios. Esta regla organiza la vida de las comunidades de manera precisa y armónica.

En el transcurso de los siglos, se escribieron otras reglas, como por ejemplo, la regla de san Bruno para los cartujos, que forman una comunidad de ermitaños. Bajo la autoridad de un padre abad, el monje se compromete a la castidad, a la pobreza y a la obediencia, y consagra su vida al trabajo y la oración. Tras el éxito y el poder de ciertas órdenes religiosas –como la abadía de Cluny en el siglo X­– tuvieron lugar reformas (especialmente, la de Citeaux), para volver a una vida más conforme a la vocación monástica, separada de la sociedad.

Como la oración, la vida monástico no tiene “utilidad ” aparente: como la belleza inútil de una flor o de un paisaje, la vida del monje revela algo de la relación de amor entre Dios y el hombre. “El retirarse del mundo no es cosa fácil”, decía el filósofo Emmanuel Mounier. En el “retiro del mundo”, los monjes y monjas están “vigilantes” en la oración, no únicamente por ellos mismos sino por la Iglesia y por el mundo.

El ritmo de la jornada de la abadía está dado por los “oficios”, que invitan a los monjes y monjas a la oración comunitaria. La oración cantada, especialmente con los salmos, deja también lugar a la oración contemplativa, más personal. Ésta es “un trato íntimo de amistad, donde se conversa a solas con este Dios, quien sabemos nos ama”, explicaba la santa carmelita Teresa de Ávila en el siglo XVI. Esta plegaria silenciosa llevada por los monjes, también llamada meditación, evidentemente no les está reservada. Sacerdotes y laicos, misioneros, religiosos “apostólicos” (es decir, que se comprometen más a estar presentes en el mundo, al servicio de los cristianos y de los hombres de hoy) también pueden practicar la oración contemplativa, “momento de pura fe durante la cual quien ora busca a Cristo, se entrega a la voluntad amorosa del Padre y se recoge bajo la acción del Espíritu Santo”, explica el Catecismo de la Iglesia católica (Compendio, n. 571).

 Vida contemplativa

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.