La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿La oración es eficaz?

La religión cristiana no funciona por arte de magia. De la oración no hay que esperar, pues, una eficacia mensurable, palpable, inmediata. Pero entonces, ¿no es tiempo perdido? ¿No es preferible arremangarse y actuar? ¿Para qué orar si Dios no concede las peticiones?

¿Hay que formular la pregunta en estos términos? Podemos afirmar a la vez, que la oración “no sirve para nada”, y que es “verdaderamente útil”. La oración no sirve para nada, porque se trata simplemente de dar gracias a Dios por todo lo que nos concede y de entrar en una relación con él, sin condición. Es útil porque, si bien no produce nada, es el momento esencial en que el fiel se deja trabajar por Dios.

En fin, la característica esencial de la oración, es su gratuidad. La oración es una cita de amor: Dios no es un dios comercial. Él no canjea sus beneficios en función de nuestra asiduidad al rezo. Nuestro éxito personal, profesional, nuestra salud o el tiempo que hará mañana, no dependen de la calidad de nuestra oración o de la duración de la misma. Entonces, ¿para qué rezar? Porque el ser humano espera, en el fondo, esta relación de amor entre Dios y él. Al aproximarse a Dios, vive de su Buena Nueva, comparte esa intimidad con el Señor: aquí está la urgencia de la oración.

Si la oración no tiene la eficacia de una “orden de pedido” a satisfacer, sin embargo, trae frutos. En primer lugar, porque la relación íntima en el corazón a corazón con Dios, no se da sin dejar rastros. La oración es el lugar de expresión de una verdadera historia de amor que se realiza. En la agitación del mundo y frente a las dificultades de la existencia, la oración abre un espacio interior donde el creyente encuentra lo que Dios susurra en lo hondo de cada ser. Confiar las cosas a Cristo cambia nuestra mirada del mundo. El tiempo que pasamos con Dios en la oración, a menudo tiene como efecto apaciguar el corazón. La oración hace entrar a Dios en cada una de las actividades de la jornada, aumenta en cada quien las capacidades de acogimiento, de escucha, de relaciones más humanas y más verdaderas.

Esto no quiere decir que no hay que formular una oración de petición: nada de lo que se refiere al hombre es rechazado por Dios. Puesto que Dios es Padre, le puedo confiar todas las preocupaciones de mi existencia: la salud, el éxito en los exámenes, el deseo de conocer el amor. La petición es eficaz: realmente en la oración, hay que entregar a Dios estas cuestiones que me sobrepasan y vienen a sobrecargar el peso de los días. “De lo que te preocupa, Dios se ocupa”, decía el hermano Roger, de Taizé. La oración no será cumplida forzosamente como lo esperábamos, pero Dios acompañará al fiel en esa petición, en esa espera, en esa prueba. Él purifica nuestra impaciencia, transforma nuestras necesidades inmediatas en deseo profundo. “Es tremendo lo que mis ideas cambian cuando rezo”, decía Bernanos. Aquí está la eficacia de la oración: hace entrar al hombre en el plan de Dios. La oración no siempre transforma los acontecimientos del mundo pero revela a los orantes el sentido evangélico de su existencia.

En fin, la oración bajo sus diversas formas, ya se trate de una petición, de perdón, de agradecimiento, es la expresión personal del amor a Cristo. La perseverancia en la oración, ésta es una preocupación constante de una vida en pos de Jesús, una vida entera confiada al amor de Dios que, “sabe mejor que nosotros” lo que necesitamos. Cuando la vida nos sorprende, cuando la prueba nos rebasa, cuando la petición finalmente es concedida, el creyente sabe que tiene razón de poner su confianza en Dios que vela sobre sus hijos. Verdaderamente, la oración no es en vano. Tiene la eficacia de la palabra de Jesús: “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo”.

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Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.