La fe cristiana presentada al hombre moderno: La Iglesia católica, ¿puede continuar diciéndose santa?

La afirmación –inscrita, sin embargo, en el Credo­– de la santidad de la Iglesia, ha enfurecido a más de un contemporáneo, sea o no católico. ¿Cómo, a la luz de dos mil años de historia tumultuosa, podría todavía prevalecer tal título, la “Iglesia santa”? La expresión merece ser explicitada para mostrar totalmente su exactitud.

En primer lugar, afirmar la santidad de la Iglesia, ciertamente no es reivindicar una Iglesia “perfecta”. Lo que es evidente a escala personal ­–los santos nunca han sido hombres o mujeres irreprochables– lo es también para el conjunto de la Iglesia, que fue capaz de lo mejor y lo peor. Abusos de poder y violencia mancillaron gravemente su pasado, y esos errores, reconocidos a menudo, fueron objeto, particularmente a iniciativa de Juan Pablo 11, de planteamientos humildes y fuertes arrepentimientos.

Y además, la Iglesia no tiene la santidad de sí misma, sino de Cristo: por el Espíritu de Pentecostés, la Iglesia, sucediendo a los apóstoles, recibe el “tesoro ” de la fe. “Cristo quiso la Iglesia y se entregó por ella, escribe Pablo a los efesios. Quiso presentársela a sí mismo hermosa, sin mancha ni arruga, o cualquier defecto; él quiso su Iglesia santa e irreprochable” (Ef 5, 25-27).

La Iglesia aún se dice “santa”, porque tiene algo que ver con Dios. Ella es la portadora de una Buena Nueva que la rebasa: Jesús resucitó y el soplo del Espíritu Santo arrastra a la humanidad. Expresiones como “el pueblo santo” o la ‘Tierra santa”, el vocabulario permite mostrar que se trata de “la Iglesia de Dios”, de una asamblea que no es fruto de una voluntad humana sino que responde al llamado del Evangelio.

En fin, la Iglesia es y llega a ser santa por efecto de la “comunión de los santos”, es decir, la dimensión fraternal de la fe cristiana, a través del tiempo y el espacio. No somos cristianos –y menos aún santos– solos: en el compromiso personal del creyente, hay un misterioso efecto de arrastre de toda la comunidad cristiana. Así, cada quien avanza a la medida de sus debilidades, de sus pecados. Cada uno se deja trabajar por la gracia individualmente, pero en conjunto es como los católicos avanzan en la santidad.

Mirando a figuras como la Madre Teresa o Juan Pablo 11, o los santos en la historia, aparece claramente esta forma contagiosa de la “comunión de los santos”. El bien anónimo y discreto, participa en el mismo movimiento de santificación de la Iglesia, que no cesa de acercarse a Dios.

 La Iglesia

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.

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