La fe cristiana presentada al hombre moderno: Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre a la vez.

“Él se hizo verdaderamente hombre, sin dejar, por eso, de ser Dios”, formula el Catecismo de la Iglesia católica. Esta afirmación es el gran misterio de la fe cristiana: la Encarnación, es Dios quien se hizo hombre por su Hijo Jesús. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Esta proclamación de la fe -este dogma- ha sido objeto  de  una  larga  maduración, desde la época de los primeros cristianos, para tratar de acercarse al misterio. Después de 20 siglos, siempre con el mismo esfuerzo: articular en la unidad de un mismo ser, una auténtica humanidad y una pertenencia verdadera al mismo Dios. Porque afirmar a la vez que Jesús es enteramente hombre y enteramente Dios, es un acto de fe que excede toda demostración: es una adhesión que nos hace entrar en la dimensión fundamental del mensaje evangélico. Al afirmar que Jesús es el Hijo de Dios, los Evangelios nos dicen cómo, por su hijo, Dios se manifiesta en medio de los hombres. “Quien me conoce, conoce al Padre”, dice Jesús en un pasaje del evangelio de Juan (Jn 14).

Afirmar que Jesús es a la vez enteramente hombre y enteramente Dios, es un acto de fe que excede toda demostración.

Siempre, esta doble dimensión de Jesús ha agobiado a los creyentes y aún hoy, podemos tener dificultades para aceptarla plenamente. Para algunos cristianos de los primeros siglos, Dios, siendo único e inengendrado, fuera de él, todo es creatura, el mismo Jesús, por lo tanto, no sería más que un “enviado”, un intermediario entre Dios y los hombres. Esto es, particularmente lo que afirma a principios del siglo IV, el sacerdote Arrio, cuya doctrina, desde enton­ces ha dividido a la Iglesia. Pero si Jesús no es Dios, ¿cómo podría “salvarnos”? Durante el Concilio de Nicea, en 325, los obispos reafirman lo que ya decía el Evangelio: Jesús es “Hijo de Dios”. Así, él es Dios, nacido de Dios, “de la misma naturaleza que el Padre”, por lo consiguiente, igual a él en todo. Él es verdaderamente Dios.

Otra tentación ha sido considerar que finalmente, Jesús no habría sido verdaderamente un hombre. Nestorio, patriarca de Constantinopla en el siglo V, es quien adelanta los argumentos de esta discusión: ¿cómo Jesús, verdadero Dios, podría experimentar los límites de un cuerpo humano, como el hambre, la sed, la fatiga, el dolor… todas las limitaciones físicas, impropias de Dios? Por lo tanto, él ofrece la hipótesis de la existencia simultánea de dos personas en Cristo, una divina y la otra humana. Sin embargo, ahí está aún el evangelio de Juan, que dice que “El Verbo se hizo carne”. Jesús no fue parcialmente hombre: él vivió plenamente su vida humana, del nacimiento frágil del recién nacido al hombre muerto sobre la cruz. Hizo falta un nuevo concilio, en Éfeso, en 431, para reafirmar que Jesús es verdadero hombre, sin que esto contradiga el hecho de que sea también verdadero Dios. Hubo todavía una reunión en Calcedonia, en 451, para precisar que Jesucristo no era mitad Dios, mitad hombre, ni estaba a mitad de camino entre los dos, sino que era plenamente Dios y plenamente hombre, una persona única dotada de dos naturalezas, divina y humana.

Esas dos dimensiones de la persona de Jesús están vinculadas, y los creyentes, todavía hoy, lo descubren profundamente, volviendo a los relatos del Evangelio, todos expresan que la Encarnación es un impulso de amor sin medida e invitan a cada creyente, tras de los apóstoles, a participar del camino plenamente encarnado de Jesús, Hijo de Dios. Mediante su vida humana, Jesús “habla” sobre Dios a los hombres. Él no habla solamente de su Padre: él lo revela. Sus palabras y sus gestos hablan de la presencia de Dios al lado de los hombres, en el corazón del mundo.

¿Sabía Jesús que él era Dios?

Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, ¿tenía conciencia de esta doble naturaleza? Jesús, claramente no era un hombre “como los otros”, y los relatos evangélicos muestran cómo resplandecía cuando curaba a los enfermos, enseñaba con autoridad, se reunía con cada uno de los que se cruzaba con una rectitud asombrosa . Esta “calidad de presencia ” dice algo del amor de Dios. Él era plenamente hombre de su tiempo, usaba los modos de expresión de entonces, y no tenía, por ejemplo, la “adivinación” del futuro. Y si bien, sentía que todo aquello terminaría mal, Jesús no sabía por anticipado, que moriría en una cruz. Por eso, Jesús no era un “súper-profeta ” o un “dios mago”, dotado de poderes sobrenaturales, buscando imponerse por los milagros. Él tenía una relación privilegiada con Dios, su Padre, y esta intensidad espiritual adquirida poco a poco, en su existencia terrena, lo hizo entrar en la intimidad divina que transfigura toda su vida pública: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo ” (Mt 11, 27). Es decir, que él estaba consciente de ser, más que un “enviado”, la presencia de Dios sobre la tierra: “Quien ve al hijo ve al Padre” (Jn 14, 9).

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Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.