La fe cristiana presentada al hombre moderno: Jesús “descendió a los infiernos”.

Los infiernos designan, en esta expresión, al séol, el lugar de los muertos, tal como lo entendían los judíos de la época: un lugar “debajo de la tierra”, donde los muertos estaban en espera perpetua en una especie de no-vida, privados de la visión de Dios.

Por su crucifixión, Jesús “pasa por la muerte” antes de que Dios lo resucite y por tanto, “desciende a los infiernos”, como dice el Credo. Sin duda no hace falta buscar un desarrollo cronológico cualquiera, o una definición geográfica, puesto que la realidad del Hijo de Dios hecho hombre, se expresa en todas las dimensiones de la existencia humana, hasta experimentar la muerte.

Así, cuando la fe cristiana afirma que Jesús “descendió a los infiernos”, es para hacer comprender que Jesús puede llegar a todo hombre, cualesquiera que sean su sufrimiento, su soledad, su condición. Los infiernos son aquella experiencia cruel de que “nada más puede alcanzarnos”. La vida y muerte de Jesús hacen que él mismo pase por ese vacío, esa ausencia total de relación, hasta que Dios lo resucita. Así Cristo, “primer-nacido de entre los muertos”, nos recuerda que Dios no nos deja nunca solos. Todavía más: ya que él fue “levantado entre los muertos”, Jesús abre, por su paso, un camino a cada uno, y libera a los hombres de las angustias de la muerte. En fin, por el “descenso a los infiernos” de Jesús, consideramos tradicionalmente que el Hijo de Dios arrastra en su resurrección, el seguimiento de todas las generaciones mortales, incluidos los justos que vivieron antes de su venida a la tierra. Los iconos, por ejemplo, frecuentemente lo muestran levantado entre el conjunto de muertos desde Adán.

Esto no agota la cuestión de la existencia del “infierno”, en singular.

Jesus descendio a los infiernos

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.