La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿Fuera de la Iglesia no hay salvación?

¡He aquí un aspecto que da en el blanco! Como toda “fórmula de impacto”, debe ser descifrada para ser bien entendida, y sin duda, matizada, más aún cuando la expresión es muy antigua. Surgida en el siglo III, esta sentencia procede del obispo Cipriano de Cartago, quien defendía la unidad de su Iglesia amenazada de división, por el surgimiento de sectas no cristianas que afirmaban que Jesús no era verdaderamente hombre. Se trata entonces, de convencer a los fieles de la necesidad de “formar iglesia”, para compartir juntos la salvación prometida por Cristo. Sin embargo, la expresión toma su fuerza en el curso del tiempo para convertirse, durante el Concilio de Florencia, en 1442, en la afirmación de la pertenencia indispensable a la Iglesia para ser salvado: “Ninguno de los que se encuentran fuera de la Iglesia puede volverse partícipe de la vida eterna”. Situado en un contexto de cismas y divisiones, el adagio se convierte en una condena sin apelación, y en la afirmación de una verdad exclusiva. Esta posición categórica –”dogmática”–  no  deja  de   plantear problemas y debe ser aclarada. Puesto que según el Evangelio, Jesús vino “a salvar a todos los hombres”, y no a  conceder  la salvación  sólo a sus discípulos. Jesucristo, “el único mediador entre Dios y los hombres”, nos dice san Pablo (1 Tim 2, 5), abre el camino de salvación a todos, mucho más allá de las fronteras eclesiales: la multitud de hombres salvados es mayor que el pueblo de los bautizados.

“Todo hombre verá la salvación de Dios” subraya san Lucas (Lc 3, 6), al referirse a las palabras del profeta Isaías: incluso aquellos que no han sido bautizados, pues entre todos los que no pueden acceder al conocimiento de Cristo, muchos viven según el espíritu del Evangelio. Esto es lo que afirma con fuerza el Concilio Vaticano II. “Aquellos que desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan en cumplir con obras su voluntad tal como su conciencia les revela, pueden llegar a la salvación  eterna” (Lumen gentium, 16).

No es cuestión de considerar como cristianos a los que desconocen esto, sino de permanecer abierto a la realidad de la salvación de la  humanidad entera,  más  allá  de  los límites propios de la institución eclesiástica. Aquellos que forman la Iglesia y que son salvados, son los  que viven según las enseñanzas de Cristo, ya sea porque han descubierto el Evangelio por medio de la Iglesia, o porque su conciencia los ha introducido misteriosamente en la vida divina. “Hay muchas moradas en la casa de mi Padre”, dice Jesús (Jn 14, 2).

Esto no quiere decir que todo hombre será salvado, pase lo que pase: a cada uno, le queda acoger o no el  mensaje  evangélico. Ya afirmaba san Agustín que la frontera no se hacía  necesariamente  por la pertenencia a la iglesia: “Hay quienes se creen dentro y que están fuera; y hay quienes se creen fuera y están dentro”. En fin, la fórmula también puede ser comprendida en una dimensión colectiva, que no  atenúa en nada  la  responsabilidad personal de los  cristianos. La salvación de la  humanidad  pasa  por el conocimiento de Jesucristo que vino a salvar al mundo: la salvación de los hombres es lo que está en juego, y  no únicamente  la  salvación personal e individual del  creyente. A la Iglesia corresponde anunciar al Dios salvador. El pueblo de los bautizados que forma  la  Iglesia, tiene como misión vivir el Evangelio para todos. Así, todos  seremos salvados. Habría que atreverse a invertir la fórmula: “En la Iglesia se encuentra la salvación”. Sí: A pesar de sus faltas, de sus fragilidades y de sus errores, la Iglesia anuncia a tiempo y  destiempo, desde hace dos mil años, la Buena Nueva de Jesús, Hijo de Dios, venido para salvar a los hombres.

 Salvacion

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.

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