La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿Eva es responsable de la caída?

El relato de la caída, cuando Eva invita a Adán a comer del fruto prohibido, es uno de los más conocidos, y también de los más enigmáticos de la Biblia. Recordemos que no se trata de un texto histórico, sino de un poema que no describe científicamente una fatalidad histórica y un destierro divino implacable, sino que habla de la fe de su autor. Adán y Eva son los representantes de la humanidad entera. Al igual que los relatos de la creación dicen cuán ardientemente el hombre es deseado por Dios, el texto de la caída constata que hay una resquebrajadura, una herida “original” en la naturaleza humana.

Dentro del proyecto de Dios, simbolizado por el jardín del Edén, el hombre es colmado de dones. Sin embargo, Eva es incitada por la serpiente a codiciar y comer el fruto del árbol prohibido, desafiando la palabra de Dios, y arrastrando a Adán. La condena divina es espantosa, ya que el castigo que Dios inflige es la muerte. ¿Qué es lo que está en juego en esta transgresión? Para el hombre y la mujer, creaturas de Dios, querer llegar a ser “como Dios”, ser igual que Dios. Si ¿finalmente el autor del Génesis ha tratado de hacer el camino inverso, escribiendo este terrible relato, a partir del reconocimiento de una humanidad mortal, que sufre y soporta el peso de los días?

Cuando el texto fue redactado, la fe de la gente judía salida de Egipto, reconoce que Dios salva y es un Dios de amor, quien no desea el sufrimiento de los hombres. El autor del Génesis, cuando transcribe su visión teológica de la creación, tiene la convicción de que la tentación más radical de la humanidad, es la de querer prescindir de Dios. El “pecado original” es quererlo todo, desafiar a Dios, considerado un dios celoso y posesivo, quien retendría el fruto prohibido. Existe este reto inevitable en el hombre libre, que desea ser “como un dios”. Entonces comprendemos que, por la tentación humana del poder, Dios se convierte en un rival. Y querer tomar el lugar de Dios, conduce a la catástrofe, a la muerte.

El texto expresa de manera radical, que la creación tiene límites y la lección es clara: después de haber gustado el fruto del árbol, Adán y Eva comprenden que están desnudos, tienen miedo y se ocultan. Dios todavía les va a dar vestidos de pieles, les va a permitir vivir, ocultando su desnudez, es decir, tener conciencia de sus límites.

Es importante leer estos textos como una reflexión teológica de la condición humana. La humanidad, creada en un acto de amor, accede a tanta libertad, que puede llegar hasta rechazar a Dios y buscar dominar todo. Adán y Eva, siendo expulsados del jardín del Edén, descubren que son plenamente libres, pero no pueden llegar a Dios. La creatura que quiere estar por encima del creador, he aquí la primera tentación, que no corresponde al intercambio de amor, al que Dios Padre invita a todo hombre.

De allí la actitud de Eva. Primero recordemos que no se trata de una mujer concreta, sino de la “madre de los vivientes”. Esta maternidad de Eva es una manera de decir una vez más, que la tentación de posesión es innata al hombre. En cierto modo, desde el principio, desde el seno materno, representada por Eva. Y luego, los sufrimientos soportados por la humanidad, el parto con dolor, constituye más bien una constatación del autor de la Biblia, que una condena divina: Eva, la madre simbólica de la humanidad, se encuentra en el punto central de la cuestión de la ineludible fragilidad humana, en otras palabras, la “caída”, el pecado original.

“El hombre llamó a su mujer Eva, porque ella fue la madre de todos los vivientes” (Gén 3, 20).

 Adan y Eva

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.

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