La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿En qué consiste el primer pecado?

El primer pecado es cuando el hombre niega su confianza en Dios su creador. Para contar esta herida fundamental en la relación entre Dios y su creatura, la Biblia relata la caída y la desobediencia de Adán y Eva, desde el principio. Pero el primer pecado no es cronológicamente la primera experiencia de pecado en la historia de la humanidad. Éste está inscrito en el corazón de cada ser. El relato del Génesis no es histórico: describe la realidad de todo hombre.

En la historia de Adán y Eva, esas dos figuras míticas de la humanidad –que representan a cada hombre– desafían a Dios queriéndose apropiar los frutos del “árbol del conocimiento del bien y del mal” (Gén 2, 7). Dios, al crear al hombre a su imagen, le confía todo. No hay límite, excepto la prohibición de comer frutos de ese árbol. Este límite no debe ser rebasado, es la irreductible distinción entre Dios y su creatura. Pero el hombre, en su libertad de elegir, quiere llegar a ser “como Dios” y apropiarse del fruto prohibido.

El primer pecado, es lo que impulsa a cada uno de nosotros a querer realizarse solo, negándose a vivir libremente como hijo de Dios, es decir, querer apoderarse de la vida en vez de recibirla como un don. Esto es vivir según el instinto egoísta y egocéntrico antes que comprometerse en la vida divina. No es más cuestión de “culpa original”, que se debería a un ancestro lejano y a la que todo hombre estaría sometido por voluntad divina o por fatalidad: el primer pecado es la inclinación humana a querer pasar por Dios. Y esta fragilidad innata abre la puerta a otros pecados que son rechazo de Dios y rechazo de los otros.

Este pecado de origen existe. Sin embargo, es esencial notar que es el amor de Dios el que existe primero. Dios llama a su creatura a la libertad, invita a la conversión del corazón, quiere liberar al hombre de su pecado. De ahí la importancia de evaluar ese estado de pecado que constituye la naturaleza humana. Reconocer su pecado, es aceptar que Dios nos confirma en esa realidad: el hombre es pecador, pero Dios no deja de perdonarlo, siendo el perdón el don por excelencia, el don perfecto: “Vine para que tengan la vida y la tengan en abundancia”, promete Jesús.

La inclinación al pecado: la concupiscencia.

En el lenguaje común, la concupiscencia designa el deseo de disfrutar de los bienes terrenos y sensuales, cuando esta noción no está cargada de connotación carnal y sexual. De manera más amplia y profunda, la religión católica designa con esta palabra “la inclinación al pecado”. La concupiscencia agrupa entonces, todo lo que aleja de Dios.

El primer pecado abre la vía a todas las formas de deseos desordenados y contrarios a la vida divina, y la concupiscencia designa todo movimiento ciego de deseo que contraría la razón y la libertad humana. La tentación se inscribe en la naturaleza humana y cada uno puede admitir que en su existencia hay comportamientos negativos, incluso destructivos, animados por la envidia, la sed de poseer, el provecho personal, el egoísmo. Pero la libertad del hombre le permite no ceder a la violencia, a la codicia, a la agresividad, al odio… y la inclinación al mal va a convertirse en el sitio de combate personal. En el corazón de este combate espiritual, el hombre es empujado a alejarse del pecado, a volverse hacia Dios, el único que puede iluminar su conciencia y darle la fuerza para resistirla tentación.

El creyente, salvado por el Bautismo, no se acostumbra a la economía de la concupiscencia. Pero avanza en la lucha espiritual, más si discierne las formas que pueden tomar las tentaciones: le vuelve entonces, en su libertad de hijo de Dios, a apartarse de diferentes formas de pecado, lo que la Sagrada Escritura llama “vivir según el Espíritu de Dios”.

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Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.

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