La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿El purgatorio, existe verdaderamente?

El purgatorio fue definido tardíamente en la historia cristiana: hubo que esperar a la Edad Media. En ese entonces se presentó como un lugar de pruebas, cercano al infierno, en el cual residen los muertos que no podían acceder directamente a la vida eterna. Se concibe lo excesivo que puede haber en esta construcción: ¿cómo imaginar un Dios que impone sufrimientos adicionales a los difuntos antes de acogerlos en el cielo?

Si dejamos de lado las interpretaciones caprichosas de una “antesala del infierno”, para los católicos, el purgatorio es una oportunidad de conversión más allá de la muerte. La Biblia no habla del purgatorio. Pero hay varios elementos que podrían llegar a precisar esta situación, no hablemos de un “lugar” propiamente dicho, ni tampoco de una ubicación geográfica del paraíso o del infierno.

En primer lugar, ya dos siglos antes del nacimiento de Jesús, algunos judíos creían en la resurrección. Judas Macabeo invita al pueblo judío a orar por los difuntos, a fin de que puedan resucitar, incluso si mientras vivían, no estaban en “olor de santidad”. Las primeras comunidades cristianas comparten rápidamente esta convicción: mediante sus plegarias pueden acompañar a los difuntos en su paso a la vida eterna. Finalmente, es creer que la iluminación que no pudimos tener antes de morir, acerca de nuestros pecados, nuestras faltas, nuestras fallas, puede surgir aún allende la muerte. Es difícil imaginar cómo puede llegar esta maduración, por analogía con la vida terrena, los creyentes consideran que ese “tiempo” de conversión se desarrolla durante una “estancia” en el purgatorio.

Lo que asusta son las falsas ideas transmitidas demasiado tiempo, por una teología culpabilizante que presenta el purgatorio como una clase de lugar de tortura o destierro. La polémica con la Iglesia de Oriente por una parte, y por otra, con la Reforma protestante en los siglos XV y XVI, ha llevado a la Iglesia católica a tres precisiones: el pecador no puede penetrar plenamente en la visión de Dios; el purgatorio ya forma parte de la salud eterna; la solidaridad entre los hombres prosigue más allá de la muerte, por la oración.

En el tenso debate entre las diferentes confesiones cristianas, las definiciones católicas han dado lugar a caricaturas que representan a Dios como un juez inmisericorde, y al purgatorio como un lugar de castigo… La expresión artística medieval, e inclusive la del siglo de las Luces, ha mantenido esas imágenes, que impresionaban a los fieles para acelerar su conversión. A veces conservamos huellas de esto en algunas de nuestras reacciones.

El verdadero sentido de la palabra “purgatorio”, literalmente es la posibilidad de “purificar” nuestra existencia. Éste es el signo del amor infinito de Dios, que da a cada uno la libertad de llegar a la luz. Tomemos una imagen. El pecador difunto con todas las “sombras” de su existencia: la inmediata exposición a la vivísima luz divina podría abrasarlo. El purgatorio sería entonces el “filtro” que le permite entrar progresivamente en el resplandor del cara a cara con Dios, en el misterio de la resurrección prometida.

Para el hombre, no se trata de realizar esfuerzos para “ganar” su paraíso, sino de acoger sin reservas el don de Dios, que purifica todo lo que en su existencia, persiste contrario a Dios.

El verdadero sentido de la palabra purgatorio, literalmente es la posibilidad de “purificar” nuestra existencia. Éste es el signo del amor infinito de Dios, que da a cada uno la libertad de llegar a la luz.

Purgatorio

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.