La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿El juicio final será un proceso?

Los evangelios anuncian que Jesucristo “regresara en la gloria para juzgar a vivos y muertos”. Esta promesa es para tomarla en serio. Pero hay que ser prudente para describir cómo se desarrollará este “juicio final” del cual los evangelistas hablan por analogía, con lo que conocen de la existencia terrena.

Por imágenes es como podemos acercarnos a este misterio. Estas representaciones, por otra parte, han variado en el curso de la historia. El castigo asentado en el Evangelio es claro: los condenados terminan en la gehena. Esta gehena era en la Jerusalén de la época de Jesús, un valle de triste fama donde eran quemados basura y desechos. Estar “destinado a la gehena“, era condenarse a ser desechado, a la decadencia, apartado de la vida social, de toda relación. En la Edad Media, sobre los tímpanos de las iglesias góticas, los artistas proponían una visión terrífica del infierno: los platillos de la balanza, los instrumentos de tortura, las llamas… Se expone al juicio, la condenación que presenta un dios inmisericorde que juzga y castiga como en un verdadero proceso jurídico.

Por supuesto, nuestra manera de vivir y de actuar no carece de consecuencias, y llegará el día en que seremos responsables de lo que hayamos hecho de nuestra vida. El hombre libre escoge entre el bien y el mal: al final, toma una decisión radical entre el amor de Dios y el infierno. La samaritana que viene a buscar agua al pozo, o la mujer adúltera que los hombres desean lapidar, dan la cara a Jesús con todos sus yerros. Pero ante Cristo, hacen una opción fundamental. Jesús insistió, con el ejemplo de la parábola del trigo y la cizaña, en decir que vendrá la hora de escoger entre el bien y el mal en nuestras vidas: si los dos coexisten hoy, no hay que perder la calma y querer limpiar ya su campo. El momento del juicio final vendrá a su tiempo, ¿cuándo? Nadie lo sabe, incluso el Hijo de Dios, insiste Jesús: “Ustedes no saben ni el día ni la hora” (Mt 25, 13).

Para el “pasaje” del juicio final, los evangelios se apoyan todavía en la cultura judía de la época, y anuncian el momento del juicio como un final dramático para el mundo y la humanidad, una prueba temible, el combate último entre Dios y las fuerzas del mal. Una forma de mostrar todo lo que se pone en juego para el regreso de Cristo al final de los tiempos, es la Parusía. Plenamente, como Jesús en el momento de la Pasión, la humanidad deberá vivir el tiempo del juicio en el dolor.

Sin embargo, no es la última prueba que debe soportarse para ser salvados. Y luego, no seremos realmente “tomados de improviso”, ya que la Biblia ha explicado acerca de que seremos juzgados. Nuestras faltas de amor ya están apuntadas por el profeta Ezequiel: “Ustedes no han reparado las fuerzas de la oveja enclenque, cuidado la que estaba débil, curado la que estaba herida. Ustedes no han hecho volver a la oveja descarriada, buscado la que estaba perdida. Pero ustedes las han dominado con violencia y dureza”. El cuidado de los otros es el centro del debate, el lugar del juicio. Nuestra caridad fraternal es lo que será medido, no nuestra piedad, nuestra poca fe o nuestra práctica religiosa; son los gestos hacia los hermanos, los pequeños, los hambrientos, los presos, los enfermos, los excluidos. “Lo que hayan hecho con el más pequeño de mis hermanos, a mí me lo han hecho”, anuncia el Hijo del hombre (Mt 25, 40).

He aquí lo que significa el juicio final: no es un proceso implacable, sino el instante difícilmente imaginable, cuando bajo los ojos de Dios, aparecerá a plena luz la manera en que hemos dejado que el amor tome sitio en nuestra existencia.

Juicio Final

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.