La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿Dios tiene necesidad de crear el mundo?

Dios, para existir, ¿tiene necesidad de crear al mundo? He aquí un pensamiento que manifiestan numerosas creencias primitivas: en muchos mitos fundacionales, el universo es una clase de emanación de las divinidades, un capricho de los dioses, el fruto de un conflicto o de un decaimiento divino; éste es particularmente el caso de Mesopotamia y Egipto, poderosos vecinos y rivales de Israel. Otros, como el poema hindú del Bhagavad-Gita, por ejemplo, escrito tres siglos antes de Cristo, desarrolla la idea de un dios que crea el mundo para divertirse. La tradición bíblica es enteramente otra: Dios es Dios, sin que él pueda necesitar del mundo para ser él mismo.

¿Cómo comprender entonces, esta voluntad creadora de Dios omnipotente? Es una fuerza de amor que está en el corazón de la creación: Dios, en un don totalmente libre y gratuito, da origen a la humanidad. El peligro sería todavía pensar que Dios se “desposee” de una parte de sí mismo para prolongarse, en cierto modo, en la creación. Pero la creación es “otra”: si ella es obra de Dios, ella no es Dios, pero es amada por Dios.

Para la fe católica, se trata de una abundancia de amor, de vida, que es la expresión de un Dios infinitamente bueno. Dios no necesita del mundo, pero es tal su amor, que se expresa magníficamente en la creación. Y la humanidad es creada fuera de toda condición, de toda negociación: esta fuente de amor creó al hombre libre. “El amor quiere que el otro sea, y que sea verdaderamente otro”, dice el Padre jesuita Francois Varillon. Entonces, si el hombre ha sido creado a imagen de Dios, no es prisionero de Dios ni sumiso a sus intervenciones. Dios es “el Otro”, que creó al hombre a su imagen, pero es otro. A quienes se preguntan por qué el mundo creado por Dios es imperfecto, les falta esta dimensión del acto creador: Dios confía la creación al hombre sin reserva alguna. He aquí lo que complica la tarea humana: la creación es “lo imperfecto”, lo inacabado. Porque el don de Dios va hasta el crear otros creadores: “Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla”, dice Dios en el Génesis. El mundo fue creado por Dios, para los hombres, y entregado a su libertad.

Dios, no por eso, se desinteresa, ya que la creación está siempre en cambio. La omnipotencia de Dios permanece siendo una fuerza de amor, y el amor no se impone. Dios continúa creando al mundo en su amor incesante, con esa voluntad conmovida, que llama a la vida. La fuerza divina se despierta y no obliga. En este sentido, ciertamente Dios no es indiferente al devenir de sus creaturas, y la Biblia dice cómo él “se conmueve hasta las entrañas ” cuando los hombres se extravían en la violencia.

Toda la Historia Sagrada revela a un Dios que libera y que salva, llamando a la humanidad a su proyecto de amor. Pero lo propio de la libertad humana es adherirse a, no estar sometida. Jesús, el Hijo de Dios, es quien abre ese camino de libertad sobre el cual los hombres pueden avanzar para decir: “Padre, hágase tu voluntad”. Revelándonos a Dios como un Padre, Jesús nos da una idea más precisa de este libre albedrío del Dios que da la vida: la creación no es una respuesta a una “necesidad” de Dios, sino el don incesante del amor del Padre dando lugar a sus hijos.

La Creacion

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.

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