La fe cristiana presentada al hombre moderno: ¿Dios quiso la muerte de su Hijo?

¿Cómo Dios, que es todo amor, podría querer la muerte de su Hijo? Y sin embargo, muriendo sobre una cruz, Jesús cumplió hasta el final la voluntad del Padre. Y la voluntad de Dios es, por su Hijo, mostrar a todos los hombres, lo infinito de su amor. Un amor sin límite, un acto de despojo total de sí, puesto que Jesús se “entregó por nosotros”, es decir, que él proclamó y vivió su mensaje de amor, hace dos mil años, asumiendo todas las consecuencias.

Jesús no recorrió Palestina con el fin determinado de ser un día arrestado, juzgado y crucificado: simplemente entregó su vida por completo y por adelantado. Su asombrosa proximidad con los leprosos, las prostitutas, los pecadores, es una verdadera provocación para la sociedad de la época. Y sin duda, lo es todavía. Peor aún: cuando Jesús dice que Dios no actúa de otro modo, que Dios está cerca de los pequeños, esto, respecto a la Ley judía, tal como la viven los hombres piadosos de su época, es una verdadera blasfemia que “amerita” el mayor castigo, la muerte.

Su misma vida, es la manera de Dios para decirles a los hombres, lo que irremediablemente provocó el acontecimiento histórico de su muerte violenta. Y en la Palestina bajo la ocupación romana de hace dos mil años, la forma de ejecución reservada a los condenados que no eran ciudadanos romanos, así como a los criminales, a los insurrectos y esclavos, era la crucifixión.

Finalmente, Jesucristo muere sobre la cruz no porque el suplicio tenga valor en sí mismo, sino porque se comprometió libre y totalmente hasta la muerte, según el designio de su Padre. Todavía él le dice en el Huerto de los Olivos, justo antes de su Pasión: “Padre, no lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”. Esta libertad, expresada hasta el final, Jesús la había anunciado: “Nadie me quita la vida. Soy yo quien la entrega” (Jn 10, 18). Y el acontecimiento es recibido por los cristianos, posteriormente, como el don total, hasta la donación de su vida, que nos salva. La muerte no es un fin, sino la consecuencia de esta vida del Hijo de Dios, enteramente comprometido con la humanidad. El misterio de la Encarnación no tiene límite: ¿cómo podríamos entender que Dios encarnado acepte hacerse un niño pequeño, vivir su vida de hombre, reunir muchedumbres, y que al acercarse al fin, cuando todo estuviera mal, poner término a la experiencia y evitara las angustias de la muerte? Hasta en la muerte, Dios se entregó a través de su Hijo. He aquí el plan de Dios: su Hijo murió como vivió, rehusando todo camino triunfal, descartando el poder de dominar. Su único po­der era ser indefectiblemente fiel a la voluntad del Padre, que es el po­der del amor por los hombres.

Lo que dice esta muerte, no es que Dios quisiera que su Hijo muriera, sino que por anticipado él había consentido en dar su vida, para testimoniar el don infinito de Dios. Así, “el designio salvífico de Dios es consumado de una vez por todas, por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo”, anuncia el Catecismo de la Iglesia católica. La medida de Dios, es ser sin medida.

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Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.

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