La fe cristiana presentada al hombre moderno. Adorar: ¿Dios es un ídolo?

Cuando el hombre “adora a Dios”, la creatura es la que se prosterna ante su creador. Éste es el primero de los mandamientos: “Adorarás al Señor tu Dios”. ¿Existe una posible confusión con la idolatría? La trampa existe, desde hace mucho tiempo, claramente definida en la Historia Sagrada: desde el episodio del becerro de oro. El pueblo judío, salido de Egipto y liberado de la esclavitud por Moisés, se pone a dar culto a un becerro de oro, fabricado por la mano del hombre. Este episodio bíblico estigmatiza la tentación permanente para el hombre: la idolatría.

Adorar a DiosDedicar un verdadero culto a un objeto fabricado, objeto de madera o metal, pero también a un trabajo, un ocio, una pasión, esto es adorar un ídolo. ¡Esta definición es importante, en el momento donde todo se vuelve “adorable”! ¡Tal programa, tal artista, tal marca, la adoramos! Por supuesto, el lenguaje tiene sus efectos de moda. Pero adorar a tal cosa o a tal persona, es centrarse sobre algo o alguien, idolatrado, que sin embargo, no es Dios. Habría que reflexionar el dicho popular, un poco desusado, que previene: “Adoramos sólo a Dios”. Los falsos dioses del dinero, del poder, de la seducción, no tienen nada que ver con la fe cristiana. Jesús ya había recordado los riesgos de esas devociones que apartan del verdadero Dios: “Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto” (Mt 4, 10).

La Biblia prohíbe toda imagen de Dios fabricada por el hombre. Sin embargo, las iglesias y el arte están llenos de representaciones, pinturas o estatuas. Desde que Jesús tomó rostro de hombre, él es “el icono”, es decir, la verdadera imagen de Dios invisible. Cuando los artistas ofrecen “representaciones”, no se trata de adorar su creación artística, sino de tomar la obra de arte como un apoyo que muestra, recordando, al icono del mismo Cristo. Esta forma de expresión conduce al reconocimiento de Jesús, Hijo de Dios. Adorar en verdad, es entrar pues, en relación con Dios y no fijarse en lo que lleva a la oración. Volverse hacia aquel que nos hizo, y no sobre lo que uno de entre nosotros hizo.

“Es urgente ser testigos del amor contemplado en Cristo”. Benedicto XVI, Jornada mundial de la juventud, agosto de 2005.

Una relación única que compromete la existencia.

Adorar a Dios no es únicamente una actitud de oración dirigida a Dios, toda nuestra existencia está comprometida: “Si tu lengua alaba a Dios en ciertas horas, toda tu vida debe alabarlo”, decía san Agustín. Adorar es aceptar poner la vida bajo la mirada de Dios y entrar en esta relación única con el Señor.

¿En qué nos damos cuenta de que en esta relación, Dios no es tomado por ídolo? Dos criterios testifican esta verdad de la adoración. En primer lugar, Dios es vida: no se trata de un culto paralizado de una vez por todas, muerto, sino de un diálogo con el Dios vivo. Y además, adorar al Señor remite hacia los otros, no encierra, no aísla. En la adoración ante el Santísimo Sacramento, el ser humano está a solas, ante Dios. Sin embargo, “la adoración y la misión no se separan”, explica Monseñor Georges Soubrier, obispo de Nantes. Para expresar ese movimiento, la Iglesia recuerda el recorrido de los magos que vinieron a adorar al niño Jesús en el pesebre: no se quedan, se van de nuevo a su casa. Y regresan por otro camino: contrariamente a los ídolos que encierran, Dios abre a sus adoradores nuevos caminos.

“Con la ayuda del Señor, superaste tu deseo de dominio y prestigio. Pero no solamente una vez, sino que te hará falta superarlo diez, veinte, cien veces. No lo conseguirás luchando, sino adorando. El hombre que adora a Dios reconoce que sólo él es Todopoderoso. Lo reconoce y lo acepta. Profundamente, cordialmente. Se alegra de que Dios sea Dios. Dios es, eso le basta. Y eso lo vuelve libre”. Éloi Leclerc, Sabiduría de un pobre.

Recuperado de: 50 claves para comprender el Catecismo de la Iglesia católica. Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C. Abril, 2013.