No se enfade mi Señor. (XVII Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C)

NO SE ENFADE MI SEÑOR
XVII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.

“Pidan y se les dará”
Lucas 11, 1-13

El trato de Abraham con Dios debió haber sido muy familiar porque platicaba con Él los asuntos urgentes e importantes para el pueblo. Muy probablemente fue modelo de oración para muchos orantes israelitas. La liturgia de este domingo propone este bello pasaje en la primera lectura para disponernos a la novedad del Evangelio que trata, precisamente, de cómo debe ser la oración del discípulo.

En la gran catequesis de Lucas durante el viaje de Jesús a Jerusalén se instruye al seguidor acerca de la oración. Los discípulos conocían solamente la oración del momento, la de Juan el Bautista. ¿Por qué ya no les llenaba? El texto dice sólo que Juan oraba y que enseñaba a orar a los suyos. No es de extrañar la petición de los discípulos cuando van conociendo a Jesús, la novedad del Reino de Dios y sus implicaciones.

La oración de Jesús y el ‘modelo educativo’ para los discípulos de todos los tiempos es diferente en su fin y en su forma. Cuando Jesús ora «venga tu reino» está pidiendo que toda la historia alcance su plenitud, que el largo camino iniciado en los albores de la historia («sal de tu tierra», le pide Dios a Abraham) culmine con prontitud y belleza. Muchos israelitas pensaban que sólo ellos tenían los ‘derechos exclusivos’ de la salvación. No ha de extrañar que en torno al deseo del Reino se estructure la oración de Jesús, su predicación y su vida toda.

El modo de orar en el ‘modelo’ de Jesús tiene tres notas que no deben faltar: la urgencia, la insistencia y la confianza. Todas tienen que ver con la venida del Reino de Dios. La urgencia manifiesta que el pan que sacie el hambre de plenitud en el mañana va a ser dado en la necesidad de hoy; si no lo hace, es un pan engañoso. De igual manera, sólo si ponemos el acento en el perdón de Dios está asegurada la posibilidad de crecer en el perdón.

La insistencia tiene como motor la confianza porque el Padre es amigo de toda existencia, generoso con ella siempre y, por lo tanto, «se levantará» raudo para socorrer la más mínima necesidad de sus hijos. La oración debe ser confiada. Dios es generoso con la historia; no hay que arrancarle las cosas a base de peticiones prolongadas como si Dios fuera tacaño. Él da todo, hasta el Espíritu Santo.

Orar, pedir, es una manera de comprendernos ante Dios, una forma lúcida de sabernos en la dinámica del Reino, un modo óptimo de recordarnos cada día la inagotable generosidad de Dios. La mejor pedagogía para aplicar el «enséñanos a orar» es la que nos anima, ilusiona y compromete en la construcción del Reino de Dios. Los grandes deseos de justicia, paz, verdad, solidaridad, gozo y plenitud han de tener traducciones concretas en las obras de misericordia, la reconciliación y el trabajo sereno por la paz.

Los bendigo y oro por ustedes desde Granados, Sonora, México.

+ Sigifredo Obispo de/en Zacatecas